Horarios de Misa

El templo permanece abierto todas las mañanas de 10:30 a 13:30horas

Lunes a Sábado 20:00 Horas
Domingo 10.30 horas
12.00 horas
20.00 horas

Despacho Parroquial


Confesiones Media hora antes de la Eucaristía o en horario de despacho o previo acuerdo
Bautimos-Matrimonios-Unción de Enfermos Concretar con el Párroco las fechas
Cáritas Parroquial Todos los Viernes de 19:00-a-21:00 horas
Despacho Parroquial Martes, Miercoles y Viernes: 19:30 horas

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO – C

Un versículo“He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!”.

Un comentario postalJesús es consciente, en su camino a Jerusalén, de que su palabra es exigente y las resistencias a su misión son cada vez más fuertes, y provoca en los que lo escuchan una toma de posición, que se puede resumir en estos dos extremos: “O con él o contra él, o lo acepto o lo rechazo”. No hay otra vía alternativa. El mensaje de Jesús no puede ser ni rebajado ni desnaturalizado con el fin de que sea aceptado. El camino de la fe y del seguimiento de Jesús exige una respuesta sincera que conlleva una opción radical que requiere de coherencia y de fidelidad a su persona y a su mensaje, de ahí que puedan surgir divisiones profundas, incluso en el seno de la misma familia, porque algunos pueden aceptar a Jesús y otros rechazarle (“de ahora en adelante, en una familia de cinco personas se pondrán tres en contra de dos, y dos en contra de tres”).

Las expresiones de Jesús en el evangelio nos llaman la atención porque nos pueden resultar desconcertantes y sorprendentes de entrada, aunque son una llamada a estar atentos, a fortalecer nuestra condición cristiana y esforzarnos en nuestra decisión de seguirle en su camino. En esto no existen vacaciones, porque o se está con Jesús o contra Jesús.

“He venido a prender fuego en la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!”. La imagen del fuego, que recuerda el pasaje de Pentecostés donde el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia en forma de llamaradas de fuego, quiere expresar el profundo deseo de Jesús de que el Espíritu penetre en el corazón de la tierra, que prenda en los corazones el fuego del amor de Dios y el ardor del evangelio. No hay que dejar de pedir el fuego de un amor decidido, de una entrega apasionada, de un anuncio valiente y bravo de la buena noticia de la salvación. No hay que alejarse nunca del ardiente corazón de Jesús, porque es ahí donde se inflama uno de su pasión por Dios y se contagia de su misericordia y compasión por los más necesitados.

“No he venido a traer paz sino división”. ¿Cómo entender estas palabras de Jesús? Él ciertamente desea la paz, lucha por construir la paz, pero es consciente que surge la división cuando se opta por él y por los valores del Reino, cuando uno se mantiene fiel a su mensaje y a sus principios. Seguir a Jesús es entrar en un camino de sufrimientos y divisiones que en no pocas ocasiones provoca persecución, rechazo y desunión. No hay que olvidar que ser cristiano significa ser testigos alegres, valientes y sufridos, pero también coherentes y fieles con nuestra fe, que ha de pasar como Jesús, por la agonía y la muerte de cruz.

Un simboloUna hoguera o fuego.

Una pregunta¿Te quema el fuego del amor de Dios en tu corazón?

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO – C

Un versículo“Estad preparados y mantened vuestras lámparas encendidas”.

Un comentario postalY continúa Jesús subiendo a Jerusalén con sus discípulos y les dice: “Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón”. Una expresión hermosa, sencilla y profunda, que nos invita a confiar plenamente en Dios, a asentar nuestra vida en Jesús, alejando del centro de nuestro corazón todos aquellos “tesoros” que nos pueden apartar de su persona, todas aquellas ocupaciones y preocupaciones que atrapan nuestro corazón y que no son importantes. “Solo Dios basta”, decía Santa Teresa de Jesús.

Y, a continuación, Jesús les advierte: “Estad preparados y mantened vuestras lámparas encendidas”. Una imagen expresiva que indica cómo debe ser de despierta y vigilante nuestra fe, acompañada por varias comparaciones que vienen a subrayar esta actitud de esperanza activa y de vigilancia responsable: 1. La actitud de los criados que no saben la hora en que el amo regresará y se mantienen despiertos; 2. La actitud del dueño de la casa que está despierto porque no sabe cuando vendrán los ladrones; 3. La actitud del administrador fiel que debe estar también preparado para rendir cuentas de su gestión.

Tanto a nivel personal como eclesial hemos de saber acoger esta recomendación de Jesús a vivir nuestra vida cristiana como él la vivió, alejando de nosotros todo tipo de miedo y ansiedad que no conduce a nada bueno. No resulta extraño que en el transcurso de nuestro seguimiento de Jesús y en medio de nuestras responsabilidades cristianas, caigamos en el cansancio, la distracción o el adormecimiento…, como le puede suceder, por ejemplo, a un estudiante que se deja ir y no piensa en los exámenes finales, o ese deportista que deja de entrenar y estar en plena forma para poder competir y ganar. Así también, dejamos de vigilar y de estar despiertos cuando “se nos pasa hacer el bien”, o rezar, o celebrar los sacramentos, o practicar las obras de misericordia, o de anunciar el Reino…

“Estad despiertos”, nos repite Jesús. Hay que estar atentos en la fe para que no pase desapercibida la llegada del Señor en nuestra vida, que se desarrolla a veces en un mundo “sin Dios”. No andemos distraídos, adormilados, amodorrados, sino vivamos nuestra vida con atención, intensidad y responsabilidad, así no pasará de largo ni la llamada definitiva del Señor (en el momento de nuestra propia muerte), ni las llamadas e intervenciones “en signo” de Dios, que puede ser muchas y variadas, y se necesita un claro discernimiento, a la luz de la fe.

Un simboloUna lámpara encendida.

Una pregunta¿Cómo se encuentra la lámpara de tu fe?

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO – C

Un versículo:“Procurad evitar toda clase de avaricia, porque la vida de uno no depende de la abundancia de sus riquezas”.

Un comentario postalJesús sabe bien cómo late nuestro corazón y dónde se encuentran nuestras flaquezas y debilidades, por eso aprovecha la ocasión en que uno le hace una petición (“Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo”), para iluminar nuestra vida y señalar las actitudes claves en el camino cristiano. Jesús no va a entrar directamente en la cuestión planteada sobre el reparto de la herencia (“¿quién me ha puesto por juez o árbitro?”), sino que va a abordar desde su raíz la cuestión que se halla dentro del corazón de la persona: “Procurad evitar toda clase de codicia”. Un mensaje claro y directo, sin ambigüedades, donde además de la codicia por los bienes se encuentran otros tipos de codicia (de poder, de reconocimiento, de ser el más querido, de querer ser el mejor, de buscar continuamente el placer…).

Y junto con esta advertencia a guardarnos de todo tipo de codicia, Jesús ofrece una parábola sumamente expresiva que viene a recalcar que la acumulación de riquezas no nos hace ricos ante Dios, sino todo lo contrario, nos aleja de él y nos hace infelices. Ni humana ni cristianamente son los bienes materiales un valor absoluto, de ahí que no haya que darle una prioridad frente a otros valores (familia, amigos, cultura, arte, ayuda solidaria…). Aquel rico propietario era necio e insensato al apegarse e idolatrar sus bienes, pensó que las riquezas acumuladas le harían más feliz, le protegerían y le salvarían. Solo pensaba en sí mismo (“descansa, come, bebe y diviértete”). Se obsesionó con los bienes debido a su excesiva ambición y a su deseo de tener, y programó su vida al margen de Dios, olvidando además ayudar a los más necesitados. Y la voz de Dios resonó en su interior con fuerza: “Vas a morir esta misma noche. ¿A quién le aprovechará todo eso que has almacenado?”. Hemos de ser ricos ante Dios, no malgastando inútilmente la vida, porque lo más importante no es tener bienes, que hay que valorarlos adecuadamente y usarlos dignamente, sino hacer el bien, evitando caer en la trampa de vivir para uno mismo.

Cuenta una de las fábulas de Esopo que, en cierta ocasión, un perro iba con un trozo de carne en su boca, y al pasar por un puente vio su imagen reflejada en el agua del río, entonces pensó que se trataba de otro perro que tenía un trozo más grande y jugoso que el suyo, y sin pensarlo, se abalanzó para quitárselo. El resultado fue que se quedó sin nada. La avaricia rompe el saco, dice un famoso refrán. ¡Cuánto mal nos hace el deseo insaciable de acaparar y acumular, de querer siempre tenerlo todo, de no conformarnos con lo nuestro!

En definitiva, no hay que dejar de pedir al Señor que nos ayude a no caer en la tentación de la codicia tan presente en este mundo materialista en el que vivimos, al tiempo que nos enseñe a valorar y usar con sabiduría y criterios evangélicos los bienes materiales, tendiendo y aspirando siempre a los bienes eternos con las buenas obras.

Un simboloUnas bolsas con monedas.

Una pregunta¿Me dejo llevar por la codicia y la avaricia, sintiéndome descontento con lo que tengo?

Domingo XVII del tiempo Ordinario-C

Un versículo:“Señor, enséñanos a orar”.

Un comentario postal: “Señor, enséñanos a orar”. Esta es la petición que los apóstoles le dirigen a Jesús, cuando en cierta ocasión terminó su oración, ya que “Juan enseñaba a sus discípulos”. Y no es que los apóstoles no rezaran sino que querían hacerlo al modo de Jesús, el Maestro. No les pasó desapercibido cómo oraba Jesús.

Es una constante contemplar a Jesús orando. Es un verdadero Maestro de oración. Lo hace con frecuencia y largamente. De modo especial, los evangelios constatan esta actitud orante de Jesús en momentos importantes de su vida (al elegir a los apóstoles, al enviarlos a la misión, en el huerto de Getsemaní…). ¡Cuánto bien nos hace contemplar a Jesús orando al Padre!

Y entonces Jesús les enseña la oración del Padrenuestro, que como dice el Catecismo de la Iglesia Católica es el “corazón de las sagradas Escrituras”, “la oración del Señor y la oración de la Iglesia” y “resumen de todo el Evangelio”. Es cierto que normalmente oramos a Dios con nuestras propias palabras, pero es importante que cada día recemos con sencillez y humildad, con hondura y sentido filial esta oración salida de los mismos labios de Jesús, evitando caer en la rutina y en una repetición mecánica y vacía.

Y además Jesús apunta dos características que ha de tener nuestra oración: la confianza y la perseverancia. ¿Cómo no vamos a tener confianza si Dios es Padre y es Amigo? La confianza hace que nuestra oración sea auténtica, sincera, intensa. Y orar, por supuesto, con constancia, sin desfallecer (“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá, porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre”).

La oración es esencial en la vida cristiana. Resulta indispensable. No es opcional. Al igual que necesitamos el alimento para vivir biológicamente o el oxígeno para poder respirar, así necesitamos la oración para ser cristianos. No es posible una vida cristiana sin oración. Santa Teresa de Jesús decía que la oración es “hablar de amistad con quien sabemos que nos ama”. ¿Cómo no vamos a relacionarnos con Dios, abrirnos a Él, encontrarnos con Él, vivir en Él? Si el WiFi de Dios está siempre conectado, no desconectemos nosotros. Rezamos no por obligación o por deber sino porque amamos a Dios, que es nuestro Padre. Y si Él nos ama cada día, qué menos que responderle con nuestra oración confiada y agradecida cada día de nuestra vida.

No dejemos de pedirle a Jesús que nos enseñe a orar, a dialogar con nuestro Padre del cielo, de este modo, continuaremos creciendo en nuestra vida espiritual, y el Padre cumplirá su promesa de dar “el Espíritu Santo a los que se lo piden”.

Un símbolo: Una tabla con la oración del Padrenuestro.

Una pregunta:¿Eres consciente de lo necesaria que es la oración en tu vida cristiana?

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO – C

Un versiculo“María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra”.

Un comentario postal: En el camino a Jerusalén aparecen situaciones de falta de acogida y de rechazo a Jesús, como sucedió con los samaritanos, y en cambio otras de hospitalidad y amistad como esta hermosa escena de Jesús en casa de Marta y María, en Betania. Jesús va enseñando a los apóstoles las actitudes fundamentales que ha de tener todo discípulo suyo, y por tanto, todo cristiano. En esta línea, tanto la hospitalidad y la acogida como la escucha de la Palabra, son dos claras lecciones que se desprenden de la visita de Jesús a aquellos amigos suyos que le abrieron las puertas de su casa y de su corazón.

¡Qué importante es acoger al que viene, al otro, ofreciendo lo mejor que tenemos! Sabemos, desde la fe, que el encuentro con el hermano es un encuentro con Dios, y una de las obras de misericordia corporales nos enseña que debemos “dar posada al peregrino”, e incluso el Papa Francisco no para de recordarnos la importancia de la acogida en la Iglesia y en la vida cristiana. El testimonio de acogida de Marta y María a Jesús es un claro ejemplo de cómo debemos tener un corazón acogedor para con los demás, no limitándonos a cubrir las necesidades materiales del otro, sino aprovechando para dialogar, conversar, escuchar, interesarnos por el otro, echar una mano, intercambiar experiencias, tender puentes de comunión y de amistad…

Por otra parte, otra actitud fundamental para el cristiano, que se desprende del evangelio es que todo discípulo ha de estar a la escucha atenta y sosegada de la Palabra. Marta se afana y se multiplica en el servicio a Jesús, no desea que le falte nada. Representa el “ser para”. Sin embargo, su hermana María permanece “sentada a los pies de Jesús” y escucha sus palabras como una buena discípula. Representa el “estar con”. Jesús no le reprocha a Marta su trabajo y su servicio, sino el exceso de agitación y el ajetreo frenético que le descentra y le impide escuchar y acoger la Palabra de Dios, por eso le dirá: “Andas angustiada y preocupada por muchas cosas. Una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte”. María está actuando bien. Ella ha puesto en el fundamento de toda su vida la escucha de la Palabra, y enraizada en ella vive su servicio.

La actividad y el servicio son importantes (sin caer en el extremo del activismo), pero la prioridad está en la escucha de la Palabra (sin caer en un descuido del servicio), de “sentarnos a los pies de Jesús” para escucharle, como por ejemplo, cuando en cada eucaristía fijamos nuestra mirada en la mesa de la Palabra desde la que el mismo Jesús nos habla. La fuente de nuestra fe necesita de ambas: la acción caritativa y la oración contemplativa, el corazón de María y las manos de Marta. Hay que forjar este sano equilibrio partiendo de la escucha.

Un símbolo: El ambón de la Parroquia.

Una pregunta: ¿Eres consciente de la necesidad que tenemos de “sentarnos a los pies de Jesús” para escucharle?

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO – C

Un versiculo“Anda y haz tú lo mismo”.

Un comentario postal: Jesús sube a Jerusalén con los apóstoles y un maestro de la ley le pregunta: “Maestro, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?”, y Jesús le remite a los mandamientos de la ley de Dios. A continuación, el letrado le vuelve a preguntar: “¿Y quién es mi prójimo?”, y Jesús le responde con la impresionante parábola del buen samaritano, donde sintoniza de modo magistral los dos mandamientos necesarios para heredar la vida eterna, pues al hablar del mandamiento del amor al prójimo incluye, sin mencionarlo explícitamente, el del amor a Dios….porque el que ama a Dios no se desentiende del prójimo, y menos si está necesitado.

Muchos ríos de tinta se han escrito sobre esta preciosa y provocadora parábola, así como infinidad de reflexiones y comentarios llenos de unción y sabiduría que nos conducen a practicar el amor y la misericordia con quienes viven a nuestro lado. En el Año de la Misericordia convocado por el Papa Francisco hace ya tres años, el logotipo quiso recordarnos precisamente este relato, pues es el mismo Jesús ese Buen Samaritano que lleno de compasión se abaja hasta nosotros, nos ofrece su compasión y su perdón, carga con nuestros pecados y nos conduce a su Iglesia, hogar de misericordia.

Resulta paradójico que en la parábola son precisamente el sacerdote y el levita, dos judíos comprometidos, que “por oficio” tendrían que haber tenido “compasión” de aquel malherido, los que mirasen a otro lado y pasasen de largo, mientras que un samaritano, un extranjero, es el que se detiene, mira al moribundo, y movido por una compasión entrañable se implica y es capaz de socorrer a aquel hombre necesitado de ayuda: “llegó junto al herido y, al verlo, se sintió conmovido. Se acercó a él, le vendó las heridas, lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a una posada y cuidó de él…”. La compasión auténtica no es un sentimiento, sino una acción que se compromete con el bien, cueste lo que cueste (tiempo, dinero, etc.).

“Vete y haz tú lo mismo”, terminó diciendo Jesús a aquel letrado, y nos dice hoy a cada uno de nosotros. Vivamos atentos a lo que nos rodea. Hemos de actuar como aquel samaritano, haciéndonos prójimos del otro. Evitemos la indiferencia y la insensibilidad, el mirar hacia otro lado y el pasar de largo ante los necesitados presentes en el camino de nuestra vida. Todos estamos llamados a ser también “buenos samaritanos” en nuestra vida, es decir, parecernos a Jesús e identificarnos con su manera de ser y de proceder.

Un símbolo: El logotipo del Año de la Misericordia.

Una pregunta: ¿Ocupa tu interés las dificultades del prójimo o más bien prefieres pasar de largo?

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO – C

Un versiculo“A otro le dijo: “Sígueme”.

Un comentario postal: “Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”. Tras la confesión de fe de Pedro, Jesús se encamina hacia Jerusalén pasando por Samaría. Allí se niegan a recibirlo y ante la ira de sus discípulos Santiago y Juan (“¿quiere que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?”), Jesús les regaña y corrige su fanatismo y sus deseos de venganza. ¡Qué hermosa lección de Jesús! Hay que evitar siempre la intolerancia, la violencia y la venganza contra todos aquellos que rechacen a Jesús y a su Evangelio. La violencia no puede ser nunca la respuesta cristiana al mal.

Y, a continuación, Jesús advierte a aquellos que deseen seguirlo en el camino del Reino de Dios, de algunas actitudes que forman parte de la vida del discípulo. Las respuestas de Jesús a esas tres personas anónimas que se acercan a Él (dos quieren seguirle y uno es invitado por Jesús), son textos de seguimiento, cuyas respuestas por parte de Jesús, dichas en un lenguaje proverbial, no deben ser tomadas en su literalidad, sino que son un modo expresivo que utiliza Jesús para acentuar tanto la radicalidad que supone seguirlo como la prontitud y urgencia de la respuesta, que no admite dilaciones y pretextos.
Al primer discípulo Jesús le advierte que “no tiene donde reclinar la cabeza”. Es una llamada a renunciar a una vida cómoda y tranquila, sin instalarse ni apegarse a nada ni a nadie. Seguir a Jesús implica dificultades. No se puede esperar ningún confort ni ventaja material.

Al segundo lo llama directamente Jesús: “Sígueme”. Éste le pone la excusa (razonable) de que tiene que “ir a enterrar a su padre”. Jesús no le acepta ese pretexto. La invitación de Jesús no admite dar largas y retrasar la decisión de evangelizar (“Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”). No hay que posponer la opción de seguir a Jesús. Lo prioritario es el Reino de Dios que está por delante de cualquier interés o compromiso humano.

Por último, uno le pide permiso para despedirse antes de su familia, y Jesús le contesta con rotundidad: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios”. Es necesario trabajar con ahínco en la misión, sin demoras ni aplazamientos, dejando de “mirar hacia atrás”, liberándose incluso de los lazos familiares que nos pueden atar afectiva o incluso interesadamente. Seguir a Jesús exige una actitud de renuncia personal y de fidelidad, sin medias tintas, por la causa del Reino de Dios. Éste se sitúa por delante de los bienes materiales, de los deberes familiares, de los compromisos sociales…Hay que ser capaces de renunciar a lo secundario (valores relativos) para conseguir lo principal (valores absolutos).
Jesús nos invita, pues, a seguirlo por el camino de la renuncia, del sacrificio y de la entrega, y nos pide docilidad, radicalidad y prontitud en nuestra respuesta.

Un símbolo: Una imagen del rostro de Jesús.

Una pregunta: ué eres capaz de hacer por Cristo?

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI – C

Un versiculo“…tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos”.

Un comentario postal: La solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, conocida popularmente como fiesta del Corpus, se encuentra hondamente arraigada en el pueblo cristiano desde que se inició en el siglo XIII. Es un día sacramental y eucarístico dentro del calendario litúrgico. Es un día festivo en torno a Cristo Eucaristía, por eso agradecemos, adoramos y amamos a Cristo que quiso quedarse con nosotros para siempre como alimento para el camino, como fortaleza en la debilidad, como compañía en la soledad.

En los templos y en las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades hoy se proclama y se canta con fuerza y con verdad: “Cantemos al amor de los amores. Dios está aquí”. Dios está ahí porque Cristo es el pan vivo que da la vida, y se ha quedado entre nosotros con su cuerpo y su sangre, con su propia Persona, bajo la forma del pan y del vino, en la Eucaristía. Está tan cerca de nosotros que se nos ha dado como pan para que lo podamos comer y vino para que lo podamos beber. Nosotros vivimos de la Eucaristía, la misma Iglesia vive de la Eucaristía que es la fuente de toda la vida cristiana.

El pasaje evangélico de la multiplicación de los panes y de los peces de este día, que aparece en los cuatros evangelistas, ha sido siempre visto por la tradición cristiana como un relato que anticipa con sus gestos y palabras la última cena de Jesús con sus discípulos en el Cenáculo: tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio.

“Dadles vosotros de comer”. ¡Qué gran lección nos da Jesús! Él enseña a los discípulos y a cada uno de nosotros que hemos de compartir los bienes de la tierra y del mar con el prójimo. Hay que alimentarse de Jesús y así ser, como Él, pan y vino para los demás. ¿Cómo no vamos a estar dispuestos a compartir con los demás si compartimos ya el pan de la Eucaristía? ¿Cómo no vamos a vivir en el amor al hermano si comulgamos ya en el amor de Dios? Ante un mundo con hambre (de alimentos, de paz, de amor, de vida,…) somos llamados a “partirnos”, a convertirnos en grano de trigo y en grano de uva, con alegría y fecundidad. Ni un grano de trigo hace una hogaza de pan ni una sola uva hace un racimo. No caigamos en la tentación del individualismo, el egoísmo y la exclusión, y caminemos con humildad, desde la fraternidad solidaria, aportando cada uno para el bien común lo mejor de sí mismo. Es nuestra misión: partirnos y dar de comer, porque tenemos un pan que da la vida eterna, y de este modo con seguridad se producirá una vez más el milagro: “comieron todos y se saciaron”. Es Corpus. Cristo nos repite hoy a nosotros: “Haced esto en memoria mía”. Su cuerpo y su sangre, es decir, Cristo mismo nos acompaña en el camino de la vida. Se nos da en cada misa, y en el sagrario viviente que debe ser el corazón de cada uno. Vivamos con gozo este misterio sublime de nuestra fe.

Un símbolo: - Pan y Vino.

Una pregunta: -¿Cómo respondemos en nuestra vida cotidiana a la invitación de Jesús: “Dadles vosotros de comer”?

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD – C

Un versiculo“Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. (…) Todo lo que tiene el Padre es mío”.

Un comentario postal: Una vez pasados los cincuenta días de Pascua se celebran en la Iglesia dos grandes solemnidades: La Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Ambas celebraciones nos ayudan a profundizar nuestra fe cristiana en dos aspectos fundamentales que hemos de cultivar de modo permanente a lo largo de toda nuestra vida.

El evangelio de san Juan nos habla de esa admirable intercomunión que existe entre las tres Personas: Dios Padre nos envía a Dios Hijo, que está íntimamente unido a él (“Todo lo que tiene el Padre es mío”), y ambos nos envían a Dios Espíritu para que nos guíe “hasta la verdad plena”. Los cristianos caminamos hacia Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Los cristianos confesamos a Dios uno y trino, y desde el día de nuestro bautismo vivimos sumergidos y envueltos en su amor misericordioso, amor eterno entre tres personas divinas. El Papa Francisco subraya con fuerza: “Misericordia es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad” (Bula del Jubileo).

El misterio de Dios trino (su amor, su cercanía y su misma vida) impregna todo nuestro ser. Un misterio que manifiesta que Dios es uno solo, pero no es solitario. Un misterio que sabemos supera nuestra razón e inteligencia, y ante el que caemos de rodillas en actitud de adoración, bendición y alabanza. Un misterio al que nos acercamos siendo conscientes de que no se puede explicar lo inexplicable. Un misterio que nos catapulta a la fascinación y al arrobamiento. Un misterio que nos desborda y a la vez nos empuja a confesar con el corazón y los labios su majestad, y decir con fe y piedad, esa antigua y sencilla fórmula con la que somos recibidos cuando nacemos a la vida bautismal y despedidos cuando fallecemos: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Si nuestro Dios es trino, comunidad de vida y amor, ¿quién no desea formar parte de esa familia solidaria? ¿Cómo vamos a vivir fuera y lejos de un amor tan cercano a nosotros? Esta solemnidad nos invita a aceptar, acoger y vivir este misterio de amor trinitario, que siempre ha de ser ese espejo de nuestras relaciones familiares, comunitarias y sociales. Cada día tenemos el reto de vivir la Trinidad en nuestra vida: La vida de un Padre que es Creador, la vida de un Hijo que es Redentor, la vida del Espíritu Santo que es Santificador.

Un símbolo: - Una imagen de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Una pregunta: -¿Cuántas veces rezas esta oración: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”?

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – C

Un versiculo“Como el Padre me ha enviado, os envío yo. Recibid el Espíritu Santo”.

Un comentario postal: ¡Pentecostés! ¡Fiesta del Espíritu Santo y del nacimiento de la Iglesia! Si la Resurrección es la fiesta de la vida y la Ascensión nos abre al horizonte de la gloria que nos espera como la plenitud de la meta, la solemnidad de Pentecostés es la apoteosis de la Pascua, con la efusión del Espíritu que es enviado, como dice el prefacio de este día, “sobre los que habías adoptado como hijos tuyos por su participación en Cristo”.

Jesús había prometido a sus discípulos en la última cena que les enviaría un Defensor, el Paráclito, que sería quien les enseñaría todo y les recordaría lo que él les había dicho. Y cuando resucita, y se aparece a sus discípulos, encerrados en el cenáculo, cumple lo prometido y “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Es la efusión de “la fuerza que viene de lo alto” derramada sobre la Iglesia, la que hará posible que aquel pequeño grupo de discípulos se sientan enviados por todo el mundo, como apóstoles y testigos, para difundir tanto la persona como el mensaje Jesús, Señor y Salvador. Desde entonces, el Espíritu Santo es, pues, el verdadero protagonista (invisible) de la Iglesia. Sigue actuando hoy en la Iglesia, en el mundo y en cada bautizado, y le pedimos: “No dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica” (Oración colecta).

Es necesario rezar sin miedos al Espíritu Santo. Él es Dios. Es el Santificador. A veces se hace con recelos y con la boca pequeña, no vaya a ser que venga con toda su fuerza y transforme nuestras vidas…¡Qué paradoja! Por un lado pedimos que venga a nosotros y, por otro, nos da cierto temor que descienda y derrame sus dones sobre nuestras vidas. Pero no olvidemos que es el mejor don que Jesús hizo a su primera comunidad y nos hace también a nosotros. No cerremos nuestro corazón a su Presencia alentadora y vivificadora. El que es “Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo” nos da el valor, la fuerza y la confianza necesaria para ser apóstoles de la Buena Noticia del Evangelio. Sin reservas hemos de abandonarnos siempre a sus inspiraciones divinas.

No dejemos de invocar siempre que podamos esta breve pero profunda oración al Espíritu Santo: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu. Y renovarás la faz de la tierra”. Oración: Oh Dios, que llenaste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; concédenos que, guiados por el mismo Espíritu, sintamos con rectitud y gocemos siempre de tu consuelo”.

Un símbolo: Cirio Pascual, con 7 velas que representan los dones del Espíritu Santo.

Una pregunta: -¿Sueles invocar en tu oración personal al Espíritu Santo?

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR – C

Un versiculo“Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo”.

Un comentario postal: El penúltimo domingo, dentro de la cincuentena pascual, ocupa un puesto especial la solemnidad de la Ascensión del Señor, que desde hace años ha pasado a celebrarse el domingo séptimo, en vez del jueves anterior, y donde se decía el famoso refrán: “Tres jueves hay en el año que brillan más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y día de la Ascensión”. A excepción del jueves santo, las otras dos solemnidades se celebran ya en domingo, por lo que las nuevas generaciones desconocen, de entrada, el porqué de este dicho.

La Ascensión significa la exaltación de Jesús, su glorificación. No puede verse como un hecho aislado en la vida de Jesús, sino que ha de ser comprendida dentro de la unidad del misterio pascual. Resurrección, Ascensión y Pentecostés (envío del Espíritu Santo) son tres fases de un mismo Misterio.

La última página del evangelio de Lucas coincide con la primera del libro de los Hechos de los Apóstoles al narrar la ascensión de Jesús “al cielo” (lugar donde habita y reina Dios), cada texto con sus matices y sus peculiaridades. En el Evangelio la narración de la ascensión (“fue llevado al cielo”) viene a manifestar la culminación del itinerario de Jesús y el tránsito entre el “tiempo de Jesús” y el “tiempo de la Iglesia” (“vosotros sois testigos de esto”). Jesús Resucitado como único y eterno sacerdote bendice a los apóstoles (“y levantando sus manos, los bendijo”), y éstos son enviados a dar testimonio por todo el mundo recibiendo de Dios el don del Espíritu Santo. La luz y la fuerza “que viene de lo alto”, el Espíritu Santo prometido por Jesús, será quien haga posible que la Iglesia continúe la misma misión de Jesús.

Hoy nosotros, la comunidad cristiana, somos los continuadores de la misión confiada por Jesús a los discípulos: anunciadores del evangelio y testigos de lo que hemos visto y oído. Jesús nos pasa el relevo y Dios cuenta con nuestro humilde testimonio y nuestra acción comprometida, al estilo de Jesús. El Espíritu Santo nos ayudará a no caer en la tentación de evadirnos de nuestros compromisos temporales y de las tareas cotidianas, y nos dará la fuerza para vivir con los pies en la tierra, sin dejar de mirar el cielo, que es la plenitud de la meta, a la que ya ha llegado Jesús, y hacia la que dirigimos nuestros pasos, subiendo cada peldaño de esa escalera que nos conduce a la salvación y a la gloria.

Un símbolo: Unas nubes en el cielo.

Una pregunta: -¿Eres consciente de que para “ascender” tienes que “descender” al estilo de Jesús?

DOMINGO VI DE PASCUA DE RESURRECCIÓN – C

Un versiculo“…el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os dicho”.

Un comentario postal: Una semana antes de la solemnidad de la Ascensión y dos antes de Pentecostés, este sexto domingo de Pascua, nos invita a no rebajar el tono espiritual, a seguir profundizando en el misterio de la resurrección, a “continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado” (oración colecta), conscientes del riesgo de cansancio y rutina que supone mantener el mismo ritmo de la alegría pascual durante tantas semanas.

De nuevo, en el texto evangélico de este Domingo, las palabras entrañables de despedida de Jesús a sus discípulos, durante la última cena. Un pasaje de gran densidad y profundidad, y del que se podría subrayar estos tres aspectos:

-“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Jesús nos invita a amarle, y cumpliendo su palabra le amamos. Y además Jesús nos invita a entrar en una comunión vital con él, y por él, con el Padre. Sus discípulos somos “morada de Dios Padre y de su Hijo”. ¡Qué importante es entrar en una verdadera comunión de vida, de mentalidad, de actitudes, de sentimientos.., en definitiva, de toda nuestra vida. -“…pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os dicho”. Jesús se va pero nos promete el Espíritu Santo. Nos garantiza su presencia por medio Espíritu. Es el mejor don que nos puede dar. Este Espíritu, llamado Paráclito (= Abogado, Defensor), es el que sigue enseñándonos y recordándonos lo que Jesús dijo e hizo. Su vida y su enseñanza se resumen en el amor.

-“La paz os dejo, ni paz os doy; no os la doy como la da el mundo”. La paz, la recibimos de Cristo, y es necesario que también nosotros nos la demos unos a otros, como símbolo de que queremos que crezca y se afiance en las familias, en las comunidades y entre todos los pueblos de la tierra. Es un don que Cristo nos da y que proviene de nuestro interior. Nadie nos la puede arrebatar. Es la paz que aleja los miedos y nos abre a la esperanza.

Un símbolo: Cristo nos regala el don de la PAZ.

Una pregunta: -¿Qué o quién me intenta quitar la paz?

DOMINGO V DE PASCUA DE RESURRECCIÓN – C

Un versiculo“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”.

Un comentario postal: La Pascua sigue avanzando hacia su culminación con la solemnidad de Pentecostés. Y una vez cruzado el ecuador de la cincuentena pascual, se nos presenta en el evangelio de san Juan, algunas de las palabras que Jesús dirige a sus discípulos en el Cenáculo, en la noche en que Jesús celebra la última cena, una vez que ha lavado los pies a sus discípulos y Judas ha salido fuera con la intención de traicionarlo, entregándolo a las autoridades.

Jesús, en un clima de despedida y angustia, aunque también de confianza y amistad, comparte con sus discípulos dos sentimientos que le embargan el corazón: Su íntima y estrecha relación con Dios Padre, por un lado, y el mandamiento nuevo del amor, como principio que debe regir entre los suyos, por otro.

“Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él”. Ha llegado la “hora” en que Jesús va a entregar su vida y la cruz se encuentra próxima. Es su “glorificación”. Es ahí donde Jesús va a manifestar y a revelar la gloria de Dios en plenitud, que incluye su muerte y su resurrección…

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros”. Es el testamento de Jesús sobre el amor fraterno. Es claro con sus discípulos. No se anda por las ramas. El signo característico del cristianismo lo encontramos precisamente en este mandamiento nuevo (“como yo os he amado”). Es un mandato “nuevo” porque se funda en el amor de Jesús. Él nos da su ejemplo y a la vez la fuerza necesaria para manifestarlo en nuestra vida con el servicio y la fraternidad. Y la práctica de este mandato significa nuestra pertenencia a la comunidad de Jesús.

El amor, al estilo de Jesús, será el carnet de identidad de los cristianos, nuestro uniforme de cada día, el termómetro que nos indica si somos o no buenos cristianos. Aunque seamos personas amables, respetuosas, educadas, rezadoras.., será sólo el amor (caridad) el signo distintivo de los cristianos. Ahí radica la identidad cristiana y el fundamento para implantar y alentar en nuestra sociedad la civilización del amor.

Un símbolo: Un termómetro.

Una pregunta: -¿Crees que con tu vida estás dando un testimonio creíble de servicio y fraternidad cristiana?

DOMINGO IV DE PASCUA DE RESURRECCIÓN – C

Un versiculo“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen”.

Un comentario postal:

Es el día del Buen Pastor. Un domingo en el que se nos recuerda la figura entrañable de Jesús como el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Esta alegoría está presente en el capítulo 10 de san Juan que leemos en los tres ciclos del año litúrgico, y nos ayuda a descubrir mejor quién es Jesús para nosotros. En esta ocasión, dado que estamos en el ciclo C, toca el final de dicho pasaje, en el que se nos describe algunas de las relaciones principales que se crean entre el pastor (Jesús) y sus ovejas (discípulos).

El lenguaje pastoril que Jesús utiliza es fácilmente entendible por todos aquellos que le escuchaban y que estaban familiarizados con la figura del pastor. Las alusiones a esta imagen son abundantes y hermosísimas en la tradición bíblica, y aunque actualmente en la vida urbana nos resulta más lejana esta imagen, sin embargo, su significado puede ser comprendido sin dificultad y su enseñanza aplicable a nuestra vida cristiana y a nuestra condición de discípulos.

Si tuviéramos que decir en dos palabras cómo vivimos nuestra fe cristiana, no responderíamos equivocadamente si decimos: escuchando a Cristo y siguiéndolo. Son dos rasgos fundamentales para ser cristiano: “Escuchan mi voz” y “me siguen”. Pertenecer al rebaño de Cristo-Pastor y ser un verdadero cristiano requiere de una serie de condiciones, ya que no se puede ser ni estar de cualquier manera.

-“Escuchan mi voz”: Es esencial ponerse a la escucha de modo confiado y gozoso. La humildad y el silencio interior nos ayudan a escuchar la voz del Pastor para hacerle un sitio en la vida. No conformarnos con oír, con percibir sonidos. Es necesario prestar atención al que habla y tomar en consideración lo que dice. Escuchar sin caer en el vicio de filtrar el mensaje o de proyectar nuestros prejuicios o de buscar nuestros intereses personales. Escuchar con pureza al Pastor nos lleva a conocerle y dejarnos conocer por Él. ¡Qué importante es fomentar la cultura de la escucha interior en nuestros días!

-“Y me siguen”: No es suficiente el oír y el escuchar. La obediencia y la docilidad son necesarias para seguirle con todas las consecuencias. Iniciar un camino nuevo requiere cambiar de vida. Es preciso ponerse al servicio de su causa, estar dispuesto a cargar con la cruz y seguirle, comprometerse en proclamar su Palabra que es buena noticia, inclinarse para lavar los pies al prójimo…

Las últimas palabras de Jesús en el evangelio nos ayudan a descubrir la profunda intimidad que existe entre él y el Padre (“Yo y el Padre somos uno”). No podemos entender a Jesús (sus palabras, gestos y acciones) sin esa relación que tiene con el Padre. Y este hecho nos da una confianza y una seguridad absoluta ante todas aquellas amenazas, persecuciones y rechazos que podamos sufrir y padecer por ser discípulos de Jesús (“nadie las arrebatará de mi mano” y “nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre”). Nunca mejor dicho, el cristiano puede decir que su vida está en buenas manos, en las mejores posibles.

Un símbolo: La puerta de un sagrario con la imagen de Jesús, Buen Pastor.

Una pregunta: -¿Imito en mi vida la forma de actuar de Jesús, como Buen Pastor, del rebaño que se me haya confiado?

DOMINGO III DE PASCUA DE RESURRECCIÓN – C

Un versiculo“Por tercera vez le preguntó Jesús: -Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció al oír que le preguntaba por tercera vez si lo quería, y contestó: -Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.

Un comentario postal: El Cirio Pascual está encendido irradiando su luz. Las flores adornan y embellecen todo el templo. El tapiz de Cristo Resucitado nos recuerda cómo se levanta victorioso del sepulcro. Las primeras comuniones de los niños dan frescura, color y vida a este tiempo. ¡Es Pascua de Resurrección! La comunidad cristiana se reúne en torno a Jesús Resucitado, “renovados y rejuvenecidos en el espíritu”, para celebrar con mayor plenitud la vida nueva que se nos ha regalado. El canto del Aleluya resuena con fuerza en la celebración y la escucha atenta de la Palabra se siembra en nuestros corazones. En comunión y fraternidad, participamos de la mesa de la Eucaristía, que nos alegra, alimenta y llena de su gracia santificadora. ¡Es Pascua de Resurrección!

Por tercer domingo consecutivo el evangelio nos presenta un pasaje de la resurrección de Jesús. Los evangelistas van narrando las apariciones de Jesús Resucitado a los apóstoles y a las mujeres, cada uno con su estilo. En esta ocasión es el evangelio de San Juan quien describe la aparición de Jesús a siete (número de plenitud: comunidad abierta a la humanidad entera) de sus discípulos, junto al lago de Tiberíades, en Galilea.

Al volver a su oficio de pescadores, Pedro y los apóstoles van a experimentar la presencia de Jesús Resucitado. Después de estar toda la noche faenando sin conseguir pescar nada, será la palabra vivificadora de Jesús la que hará posible la “pesca milagrosa”: “Echad la red al lado derecho de la barca y encontraréis pescado”. El discípulo amado se da cuenta de quién es, y le dice a Pedro: “Es el Señor”. Hermosa lección la que nos deja esta primera escena del evangelio: Si Jesús no está presente, en nuestra vida aparece la decepción, el desencanto y el vacío, pero cuando Jesús Resucitado aparece, entonces nuestros trabajos quedan bendecidos y dan fruto abundante, nuestra existencia se hace fecunda y eficaz. Resulta verdad las palabras que dijo Jesús a sus discípulos en la última cena: “Sin mí no podéis hacer nada”.

Y tras el “almuerzo pascual” que Jesús les prepara con el pan y el pescado, tiene lugar el diálogo con Pedro. Jesús, de esta manera tan delicada y exquisita va a rehabilitar a Pedro para que pueda cumplir su misión, olvidándose del grave fallo que tuvo al negarle tres veces durante su pasión. Esta triple profesión de amor de Pedro supera ahora con creces aquella triple negación: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Y Jesús le confía el pastoreo de su rebaño, es decir, que tenga cuidado de la fe de todos: “Apacienta mis ovejas”, y además le invita a ir tras él: “Sígueme”. Y Pedro ya no le fallará nunca. Dará testimonio de Jesús, en todo momento y lugar, hasta su martirio en Roma.

Es de San Juan de la Cruz, el santo de la “noche oscura” esta frase: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”. También nosotros somos invitados a profesar nuestro amor por Jesús en el servicio a los hermanos. Acojamos la enseñanza de Jesús de tolerancia, delicadeza y perdón. A pesar de nuestras flaquezas y errores, y más allá de nuestras equivocaciones y pecados, Jesús nos preguntará una y otra vez: “¿Me amas?”. Respondamos como Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.

Un símbolo: Un hermoso atardecer.

Una pregunta: -“¿Qué respuesta has dado ante la pregunta que Jesús te ha dirigido sobre si le amas?”.

DOMINGO II DE PASCUA DE RESURRECCIÓN – C

Un versiculo“Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”.

Un comentario postal: Celebramos la Misa del segundo Domingo de Pascua de Resurrección: el misterio central de nuestra fe. La resurrección es el fuego que ilumina y da sentido a toda la vida del Señor. Si Cristo no hubiera resucitado, todo se reduciría a la nada. ¿Para qué serviría nuestra Iglesia, la oración, los sacramentos, las catequesis, o el esfuerzo y la entrega? Si Cristo se hubiera quedado definitivamente en el sepulcro, muerto, nada de esto nos serviría. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe…somos los más desgraciados de los hombres”, dirá San Pablo.

El testimonio de fe de aquellos primeros testigos, sin duda, ayudaron, iluminaron y animaron a los cristianos de finales del siglo primero, como también a nosotros, que somos invitados a confesar y proclamar de corazón: “Hemos visto al Señor”. Esta es la gran noticia que la Iglesia anuncia al mundo desde hace 20 siglos: “Jesús ha resucitado. No busquéis entre los muertos al que vive”. El testimonio en Jesús Resucitado es el que hace posible que nuestra fe cristiana llene nuestro corazón y nuestra existencia de alegría, paz y amor. Esto es lo que les ocurrió a aquel grupo de apóstoles que quedaron transformados en su encuentro con Jesús: Del temor “por miedo a los judíos” pasaron a la valentía y la alegría desbordante, del vivir encerrados y con miedo, a abrir las puertas del cenáculo y de su corazón al Espíritu Santo que Jesús les comunicaba.

Sin embargo, hoy el apóstol Tomás tiene en el Evangelio un protagonismo especial: representa a los cristianos de todos los tiempos con problemas de fe o con dudas ante el hecho de la resurrección. Y su experiencia y su testimonio nos ayuda hoy a reavivar nuestra esperanza. Jesús le mostró a Tomás las llagas de sus manos y de su costado…cuando el apóstol las tocó, se le iluminó el entendimiento y se le encendió el corazón. Y cayendo de rodillas pudo confesarle: “Señor mío y Dios mío”. La condescendencia de Jesús, lleno de misericordia, con la incredulidad de Tomás nos ayuda hoy mucho a nosotros a ser capaces de confesar también diciendo: “Señor mío y Dios mío”. Ese día pasó de las tinieblas a la luz, de la incredulidad a la fe. Es un regalo escuchar la última bienaventuranza dicha por Jesús, y dirigida a los cristianos de todos los tiempos: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Una bienaventuranza que tiene como fundamento al Señor Resucitado y a los dones de la pascua: la Paz, la Alegría y el Espíritu Santo.

Vivamos este tiempo de Pascua (7 semanas) con gozo y alegría cristiana, porque la resurrección del Señor es el fundamento de nuestra futura resurrección, pues gracias a ella el Resucitado nos abre las puertas del cielo, donde, como dice San Agustín, de una forma hermosísima: “Veremos y gozaremos, gozaremos y amaremos. Este será el fin sin fin”.

Un símbolo: Imagen del Cirio pascual de la parroquia.

Una pregunta: ¿Cómo debe ser nuestro testimonio en estos difíciles tiempos de increencia y secularismo?

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN - C

Un versículo:Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó”.

Un comentario postal: Durante los días del Triduo Pascual hemos celebrado y contemplado el centro de nuestra fe cristiana, y se ha ido pasando de un “Amor que se pone a servir” (Jueves Santo), a un “Amor que llega hasta la muerte” (Viernes Santo), un “Amor sepultado en el silencio del sepulcro” (Sábado Santo), y, finalmente, un “Amor que va más allá de la muerte” (Vigilia Pascual). La última palabra no la tiene la muerte, la tiene la Vida de Dios que se manifiesta con todo su poder en la resurrección de Jesucristo, al tercer día de entre los muertos.

El Evangelio de san Juan nos presenta lo ocurrido “el primer día de la semana, muy de mañana, antes incluso de amanecer”, es decir, el domingo, con los primeros tres testigos de la resurrección: María Magdalena, Pedro y el discípulo amado. Son los primeros en enfrentarse ante el hecho del sepulcro abierto y vacío. El cuerpo de Jesús, el Maestro, no se encuentra presente en su sepultura. En un primer momento, sólo los ojos de la fe del discípulo amado fueron capaces de descubrir lo que estaba viendo con los ojos físicos. Ni María Magdalena, llena de inquietud y confusión ante la desaparición del cuerpo, ni Pedro, cabeza de los apóstoles, que representa la autoridad y el poder, son capaces de descubrir el alcance de este acontecimiento. “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar triunfante de la muerte”.

Es Pascua de resurrección. Pascua significa “paso”: Cristo pasa de la muerte a la vida. Celebramos la victoria y el triunfo de Jesús. Cristo es “el que vive” y nos da la vida. Está más vivo que nadie, con la vida plena recibida del Padre. Y Él hace posible que nosotros también nos unamos a este paso. Sólo la experiencia personal del Señor Resucitado en nuestra vida, como la tuvieron María Magdalena, Pedro y Juan, hará posible que en nosotros comience una “vida de resucitados”, un “vida nueva”, una “vida al estilo de Jesús”. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Un símbolo: Tapiz de Cristo Resucitado.

Una pregunta:¿Percibes las huellas de Cristo Resucitado en tu vida y en el mundo que te rodea?

DOMINGO DE RAMOS - C

Un versículo:“Mientras él iba avanzando, extendían sus mantos por el camino. Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios agrandes voces…, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas”.

Un comentario postal: Al finalizar la cuaresma, en la que los cristianos nos hemos preparado con obras de penitencia y caridad, en el Domingo de Ramos se recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén, montado sobre un borriquillo y recibiendo de la multitud gritos y alabanzas: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!

En este Domingo se mezcla la admiración con el rechazo, la vida con la muerte, y el gozo con la tristeza. Se pasa del tono festivo (cantos y aclamaciones de victoria), al tono dramático de la pasión (¡crucifícale!). Jesús entra en la ciudad santa para la entrega, para el sacrificio, para la redención. Jesús nos invita a subir con él a Jerusalén, que es una metáfora de la vida cristiana. Jesús nos invita a pisar sus mismas huellas. Esta es la razón por la que en este día acompañamos a Cristo aclamándole con cantos. ¿Quién no recuerda este canto: “Los niños hebreos, llevando ramos de olivo, salieron al encuentro del Señor, aclamándolo: “¡Hosanna en el cielo!”.

Hoy se abre el pórtico de la gran Semana Santa, en la que somos invitados a meditar, contemplar y celebrar con profundidad y con tranquilidad el relato de la pasión, muerte, sepultura y resurrección del Señor. Celebramos “los misterios de la salvación”. Es la semana más importante para los cristianos en la que se manifiesta la santidad de Dios en los acontecimientos que celebramos, y en los que encontramos también la fuente de nuestra santificación personal.

Jesús es el “siervo sufriente” anunciado por el profeta Isaías, el que viene a decir al abatido una palabra de aliento, el que va a dar la cara por los pobres y humillados, el que va a “pasar por uno de tantos”, como subraya san Pablo, sometiéndose a la muerte más humillante, la cruz, el que camina decidido a su Pascua, dispuesto a entregar su vida, sin límites, hasta las últimas consecuencias, fruto de su misericordia y de su amor a todos los hombres, y en fidelidad y comunión con el Padre.

Creemos en Jesús porque entregó su vida entera por todos hasta la muerte. Recordemos que somos creyentes, y no cristianos circunstanciales; discípulos de Jesús, y no meros turistas sin compromiso alguno con la realidad celebrada, creída y vivida; apóstoles del nazareno, y no unos simples espectadores que asisten por tradición o curiosidad a unas manifestaciones populares y externas de la fe.

Y si alguno participa, asiste o contempla algunos de los muchos pasos de las Hermandades que en estos días santos sale por las calles y plazas de nuestra ciudad, vivámoslo con emoción, sentimiento y fervor cristiano. Evitemos quedarnos en lo externo y lo superficial, en lo folclórico, o en lo estético. Las procesiones son expresiones plásticas de nuestra fe cristiana, propias de nuestra Iglesia de Cádiz y de nuestra tierra andaluza que pueden ayudarnos a vivir de una manera más auténtica y viva la celebración anual de los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, misterios que empezaron con la solemne entrada triunfal del Señor en Jerusalén.

¡Feliz y santa Semana Santa a todos!

Vivamos estos días santos en comunión con los sentimientos de Cristo, reflejo de la misericordia del Padre. Participemos activamente en las celebraciones de estos días donde Cristo se hace presente. Acompañemos a Jesús en su camino hacia la cruz y la gloria. Que nada ni nadie nos ahogue la Pascua.

Un símbolo: Presbiterio parroquial adornado con palmas y ramos de olivo.

Una pregunta:¿Con qué actitud vives la Semana Santa?

DOMINGO V DE CUARESMA

Un versículo:“…y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.

Un comentario postal: En este quinto domingo cuaresmal se intensifica nuestra preparación para la Pascua, los días santos de la pasión, muerte, sepultura y resurrección de Jesús. Fijamos los ojos en Jesús, y así avanzamos en el proceso de reconciliación con Dios y en la purificación de nuestros corazones.

Si el domingo anterior Jesús mostraba el rostro misericordioso del Padre por medio de una parábola, hoy lo hace jugándose el tipo ante un grupo de escribas y fariseos que pretendían comprometerlo y acusarlo presentándole “una mujer sorprendida en flagrante adulterio”. Jesús con sus palabras y enseñanzas, con sus gestos y signos, pero sobre todo, con sus acciones llenas de unción, ternura y compasión, manifiesta el rostro visible del Dios invisible (Col 1, 15), y nos revela una vez más que no ha venido a condenar el mundo sino a salvarlo.

“Tú, ¿qué dices?”, le preguntan, y Jesús “inclinándose, escribía con el dedo en el suelo”. No sabemos lo que escribió (¿quizás un elenco de pecados donde todos quedamos retratados?), sí la frase lapidaria que dijo al incorporarse: “El que esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”. Jesús de esta manera los puso frente a la voz de su conciencia, y se les ablandó el corazón, provocando que dejasen caer las piedras asesinas, y con vergüenza se fueran “escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos”. Todos desaparecieron…

La mujer no fue condenada por nadie, y Jesús ante ella, no la exculpa del pecado cometido -Jesús siempre llama pecado a lo que es pecado-, pero sí la acoge, perdona y rehabilita, animándola a no volver a pecar y a comenzar una vida distinta. Ciertamente había comenzado a nacer. El perdón recibido le llenó de paz y de vida el corazón. El encuentro con Jesús le posibilitó una nueva oportunidad para poder enfocar con futuro y esperanza su vida: “Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar”. Esta es la actitud que siempre hemos de manifestar los cristianos: Condenar el pecado y salvar al pecador.

Evitemos una doble tentación: No erigirnos en jueces y acusadores de los demás, por una parte, y no creernos que estamos sin pecado, por otra. ¿Quién está sin pecado? Todos somos pecadores y todos estamos necesitados del perdón y de la misericordia del Padre.

Teniendo presente el hermoso mensaje que nos ofrece hoy Jesús, viene como anillo al dedo, el lema que nos dejó para el Año Jubilar de la Misericordia: “Misericordiosos como el Padre”, así como estas acertadas y profundas palabras: “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (Bula “El rostro de la misericordia”, nº 10). ¡Cuánto tenemos que aprender aún del corazón misericordioso de Jesús!

Un símbolo: Varias piedras amontonadas.

Una pregunta:¿Quién está sin pecado para arrojar una piedra de condenación a otro?

“DOMINGO IV DE CUARESMA - C

Un versículo:“…cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas”.

Un comentario postal: ¿Cómo es Dios nuestro Padre? Esta pregunta resulta más fácil de responder cuando uno se acerca a esta parábola del padre misericordioso, que precedidas por la de la oveja perdida y la moneda extraviada, conforman las llamadas parábolas de la misericordia. Sin duda uno de los más hermosos y profundos pasajes del Evangelio, que retratan de modo admirable y entrañable la figura de Dios como Padre.

Ante la crítica que le dirigen los fariseos (“Ese acoge a los pecadores y come con ellos”), Jesús les responde con esta conmovedora parábola para hacerles ver que su manera de actuar acogiendo a los pecadores responde al modo de ser y hacer del mismo Dios. El Padre (Dios) que acoge al hijo menor (publicanos y pecadores) y al hijo mayor (fariseos y escribas). El modo de proceder de Jesús con sus gestos, obras, palabras y silencios es puro reflejo y perfecta transparencia del Padre.

Tanto el hijo menor (egoísta, ofensivo y derrochador) como el mayor (intransigente, orgulloso e incapaz de perdonar) han vivido lejos del corazón del Padre, pero son vistos por él, ante todo y sobre todo, como hijos suyos, por eso, más allá de su mala conducta (indigna, reprobable y ofensiva), actúa con “entrañas de misericordia”, acogiendo y perdonando. En él no caben los juicios, castigos y reproches, sino la ternura, el cariño y la compasión. No le cuesta perdonar porque su corazón está muy por encima de la justicia y el derecho. Su perdón es total y gratuito. Le rebosa la alegría y quiere que sea compartida por todos, también por su hermano indignado, porque “…este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. ¡Dios no tiene más rostro que el de la misericordia y desea que el nuestro sea también así!

Hermosa enseñanza la de Jesús en este camino cuaresmal: La conversión pasa siempre por recibir el perdón y la reconciliación del Padre, e imitarle hasta identificarnos con él, con su corazón que espera contra toda esperanza, y que pase lo que pase en nuestras vidas, con un exquisito y misterioso respeto a nuestra libertad, él permanecerá siempre con los brazos abiertos esperando que, llenos de alegría, participemos en la fiesta de la reconciliación. ¡No le defraudemos!

Un símbolo: Detalle del cuadro “El regreso del hijo pródigo”, de Rembrandt.

Una pregunta:¿En cuál de los tres personajes nos vemos mejor retratados en este momento de nuestra vida: el hijo menor, el hijo mayor o el padre?