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Rezo del Santo Rosario

Todos los viernes a las 18:30 h. (antes de la Eucaristia)

Santisimo
"Ánimo, levántate que te llama" (Mc 10,49).

Recuerda que todos los jueves, media hora antes de la Misa, tendremos la Exposición del Santísimo Sacramento en la Parroquia

Horarios de Misa

El templo permanece abierto todas las mañanas de 10:30 a 13:30horas

Lunes a Sábado 19:00 Horas
Domingo 10.30 horas
12.00 horas
19.00 horas

Despacho Parroquial


Confesiones Media hora antes de la Eucaristía o en horario de despacho o previo acuerdo
Bautimos-Matrimonios-Unción de Enfermos Concretar con el Párroco las fechas
Cáritas Parroquial Todos los Viernes de 18:00-a-20:00 horas
Despacho Parroquial Martes, y Viernes: 18:30 - 19:00 horas

Domingo I de Adviento - A

Un versículo:“Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”.

Un comentario postal: “Despertemos y caminemos con los pies del alma”, decía San Agustín. Hermosas palabras que al inicio del año cristiano se pueden aplicar a nuestra vida cristiana, siguiendo la invitación de Jesús en el evangelio. Desde el primer domingo de Adviento será el evangelio de San Mateo el que nos acompañará, domingo tras domingo, durante todo este nuevo ciclo A.

Se nos invita en este “tiempo fuerte” que engloba el Adviento (Venida), la Navidad (Nacimiento) y la Epifanía (Manifestación) a celebrar la Buena Noticia de la venida del Señor, que ha querido darnos la salvación haciéndose presente en nuestra historia.

Adviento significa “venida”, “advenimiento” de Jesucristo. La liturgia de la Iglesia llama adviento a las cuatro semanas que preceden a la Navidad, y es una invitación a prepararse en la esperanza y en el arrepentimiento a la llegada del Señor. Se puede decir que este tiempo tiene una triple finalidad: Recordar la venida histórica de Jesús con su nacimiento en Belén, preparar para la venida gloriosa del Señor al final de la historia e invitar a vivir en la vida diaria la presencia de Jesucristo que sigue viniendo en el presente. Por eso se puede decir que el adviento es la venida de Cristo en el futuro porque él ha venido en el pasado y seguirá viniendo en el presente.

El evangelio de este día nos presenta unas palabras de Jesús que nos invitan a preparar la venida del Señor al final de los tiempos. “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”, y más adelante dice también: “Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”. Resulta evidente la llamada a despertar del letargo y salir del sopor, a espabilarnos y estar en vela. Las comparaciones de lo que sucedía en tiempos de Noé y del ladrón que viene en la noche son suficientemente claras al respecto. ¡No dejemos las cosas para el último día! ¡Urge estar preparados y con la casa en orden!

Mientras el mundo nos invita a la tibieza y a una vida amodorrada, el adviento nos da un serio toque de atención al invitarnos a abrir los ojos y prestar atención porque el Señor vendrá a la hora que menos pensemos, como juez misericordioso o amigo confiado, o de un modo inesperado en el hogar de nuestro corazón. ¿Cómo no estar atentos ante la llegada del adviento que es como un gran despertador de Dios que la Iglesia nos sitúa sobre nuestra mesilla de noche para que abramos los ojos, espabilemos, nos levantemos y caminemos bien despiertos por la vida? ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Señor Jesús!

Un símbolo: Un despertador en una mesita de noche junto a una cruz.

Una pregunta:¿Soy consciente de la importancia que tiene vivir la actitud de la vigilancia cristiana?

Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“Había también por encima de él un letrero: “Este es el rey de los judíos”

Un comentario postal: El último domingo del tiempo ordinario se celebra la solemnidad de Jesucristo como “Rey del universo”, con el que se concluye la lectura que se ha hecho a lo largo de todo el año litúrgico (ciclo c) del evangelio de Lucas. Se trata de un domingo que sirve de transición entre los domingos del tiempo ordinario y el tiempo de Adviento. Y resulta espléndida la conclusión que la Iglesia nos ofrece con un pasaje de la pasión de Cristo, cuyo texto completo fue leído en la celebración central del año: la semana santa. Esta solemnidad nos invita, pues, a contemplar la realeza de Jesucristo desde la perspectiva de la cruz. No tendría sentido recrearnos en la despiadada muerte en cruz de Jesús si no fuera por el carácter salvador de su entrega. La cruz viene a ser como el sello de nuestra salvación.

En el momento culminante de su pasión, Jesús se encuentra ya clavado en la cruz, acompañado por dos malhechores, también crucificados con él. Encima de la cruz preside el título que le han puesto: “Este es el rey de los judíos”. En medio de la humillación se produce la paradoja de un Rey cuyo “reino no es de este mundo”, como le dijo a Pilato. A lo largo de su vida Jesús manifestó en repetidas ocasiones, con palabras, gestos y acciones, en qué sentido él era Mesías y cómo era su Reino, de ahí que frente al estilo de los reyes de este mundo (poder, ejércitos, lujo, etc.), la realeza de Jesús alcance su culminación en la cruz (su trono), manifestando así lo que había sido toda su vida: amor, entrega y servicio.

Las reacciones ante este “rey crucificado”, que viene a salvarnos, son diversas: los discípulos han escapado por miedo, el pueblo se queda en silencio mirando, las autoridades religiosas judías se burlan (“le hacían muecas”) y lo insultan por “falso” mesías (“a otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de Dios, el Elegido”), y los soldados romanos repitiendo lo que oyen se mofan también de Jesús: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Incluso uno de los malhechores crucificados se ríe del mismo Jesús: “¿No eres tú el mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”.

Sin embargo, en medio de tanto odio hay un hombre que cree en Jesús como Rey: el llamado buen ladrón. Un hombre que comparte el suplicio y el destino de Jesús: la muerte. Él es capaz de interpretar lo que está ocurriendo delante de sus ojos, y en medio del sufrimiento, tras reprender a su compañero, proclama la inocencia de Jesús (“no ha hecho nada malo”) y le suplica con humildad compartir con Él el gozo y la felicidad de su reino: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y aquel ladrón arrepentido, símbolo de todos los pecadores y marginados, escucha de labios de Jesús unas palabras llenas de esperanza, consuelo y paz: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Jesús acoge su petición y le abre las puertas de su Reino, porque él “ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. ¡Confiemos siempre en Jesús, nuestro Rey Salvador, y seguro que también él nos recibirá un día de modo definitivo en ese Reino hacia el que seguimos peregrinando!

Un símbolo: Una imagen de Cristo crucificado.

Una pregunta:¿Dejo que Cristo sea el Rey de mi vida (corazón, inteligencia y voluntad)?

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“Llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra”.

Un comentario postal: Dentro de la ambientación propia del mes de noviembre, en las palabras de Jesús sigue presente el “tono escatológico”, en el que sobresale la esperanza de la Iglesia peregrina y la protección de Dios, en medio de las dificultades y sucesos que acaecerán al final de los tiempos.

En las fuertes palabras de Jesús se resalta que este mundo es transitorio y tiene un final, al igual que ha tenido un inicio, que este mundo pasará y se acabará junto con todas las cosas por las que nos preocupamos y afanamos, incluso algo tan sagrado y hermoso como el Templo de Jerusalén (“esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”), que nuestra vida como seres humanos mortales llegará a su término y concluirá, aunque no sabemos cuándo ni cómo.

No obstante, este mensaje de Jesús, expresadas en un lenguaje tan impactante para nuestra mentalidad, no solo no nos han de conducir a la angustia y a la desesperación, sino que nos recuerda un hecho fundamental: no somos eternos y el final puede estar a la vuelta de la esquina, de ahí que pongamos nuestra esperanza en Cristo Resucitado, cuya presencia nos acompaña en medio de las dificultades, siendo perseverantes en la construcción del Reino de Dios.

Y dado que el fin del mundo y de la historia serán un hecho, Jesús nos invita a confiar en Dios y no en los falsos profetas (“no vayáis tras ellos”), a no tener miedo ante la gravedad de acontecimientos como las guerras y revoluciones (“no tengáis pánico”), a vivir el tiempo presente con paciencia y sin alarmismos (“el final no vendrá enseguida”), a prepararse para el final de los tiempos viviendo el presente con responsabilidad, a abandonarse en la presencia del Señor que nos salva incluso en medio de la tribulación y de los días difíciles (“ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”). ¿Cómo vamos a dar cabida en nuestra vida al pesimismo y a la desesperanza?

La actitud del verdadero cristiano queda patente en las últimas palabras de Jesús: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Aunque se sufra el rechazo, la persecución, la cárcel, el odio y la muerte, incluso de los mismos familiares, el discípulo de Jesús ha de vivir esos momentos con optimismo, fortaleza y testimonio cristiano. En las duras y en las maduras el cristiano ha de vivir siempre movido por fe, con una firme confianza en Dios y perseverando en el bien. Tenemos la certeza que al final vendrá la victoria y la felicidad.

Un símbolo: Un montón de piedras.

Una pregunta:¿Afrontamos el fin del mundo con esperanza cristiana o caemos en la confusión y en el desaliento?

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“Dios es un Dios de vivos y no de muertos, ya que para él todos viven”.

Un comentario postal: En los últimos domingos del tiempo ordinario el mensaje que nos transmiten los evangelios se centran sobre la resurrección y el paso a la vida nueva. En la misma línea la Iglesia inicia siempre el mes de noviembre con la Solemnidad de Todos los Santos, en la que fijamos nuestra mirada en la Iglesia glorificada, que ya disfruta de la visión de Dios, y al día siguiente con la Conmemoración de los Fieles Difuntos, en la que recordamos especialmente a aquellos hermanos que nos han dejado y oramos por ellos.

Una vez concluido en el evangelio de Lucas la subida de Jesús a Jerusalén, y antes de de que comience su Pasión, tiene lugar en torno al Templo, las últimas enseñanzas, acciones y enfrentamientos de Jesús con sus adversarios. En esta ocasión la discusión es con los sacudeos, grupo minoritario que tenían un gran peso político y religioso en el pueblo de Israel, formaban parte de la aristocracia sacerdotal y eran simpatizantes del imperio romano. Además negaban la resurrección y la retribución en el más allá, afirmando que el alma muere juntamente con el cuerpo.

Los saduceos presentan a Jesús un caso concreto, bastante inverosímil, de una viuda que ha de casarse con siete hermanos para dar descendencia al primero, siguiendo la llamada Ley del Levirato, y concluyen con la pregunta: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer”. La respuesta de Jesús a los saduceos resulta luminosa y contundente, ya que no solo no entra en su juego, ante ese improbable y ridículo caso que le planteaban para ponerlo en apuros, sino que les hace ver, apoyándose en Moisés, que tienen una idea equivocada de la resurrección, subrayando en su respuesta dos aspectos fundamentales: La forma y el fundamento de la resurrección.

Respecto a la forma o circunstancias de la resurrección, Jesús apunta que es una forma de existencia radicalmente nueva y transformada (“…en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio”). La resurrección no es el retorno a una vida terrena “mejorada” (“pues ya no pueden morir”), sino una vida completamente nueva de relación con Dios, una vida celestial en plenitud, junto a Dios y a los santos (“ya que son como ángeles”).

Y acerca del fundamento de esa realidad, Jesús indica que es Dios mismo, el Dios de la Vida. Y les aclara que si ellos creen en Moisés y en el Dios de la Alianza: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”, no tienen más remedio que creer en la resurrección, ya que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. Para Dios todos están vivos, por consiguiente, resulta lógico que estaremos nosotros también

No hay duda que “creer en la resurrección” es un elemento esencial de la fe cristiana, y no significa esperar resignados a vivir una vida mejor después de esta, sino que “creer en la resurrección” es resucitar constantemente lo mejor de nosotros mismos, y empezar a vivir esa Vida Nueva y esa Vida Plena, ya desde ahora. Ciertamente la vida futura compromete nuestra vida presente, y Jesús que da mucha importancia a la vida terrena y se compromete a fondo con ella, nos asegura que en la resurrección sólo permanecerán los valores fundamentales, no los provisionales y caducos propios de este mundo.

Un símbolo: Palabras finales del Credo.

Una pregunta:¿Soy consciente de que mi fe en la vida futura compromete mi vida presente?

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“Hoy ha sido la salvación de esta casa”.

Un comentario postal: La subida de Jesús a Jerusalén, propia del evangelio de san Lucas, se termina con la escena de Zaqueo que recibe en su casa a Jesús cuando éste va cruzando la ciudad de Jericó y se auto-invita en su casa, convirtiendo ese hecho en un encuentro gozoso de salvación.

Zaqueo era una persona rica y poderosa (“jefe de publicanos y rico”), aunque considerado un pecador y un impuro por su oficio y su colaboración con el imperio romano, de hecho los judíos de bien no se relacionaban con él. Será su inquietud y curiosidad por conocer a Jesús, a pesar de los obstáculos y dificultades externas (“trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío…”), lo que le mueva a superar incluso el miedo al ridículo, consiguiendo “subirse a una higuera para verlo”. Y entonces Jesús se da cuenta de su interés y toma la iniciativa: le mira, le llama, le acoge, y le perdona y salva. Jesús superando una vez más las críticas y murmuraciones de la gente, se alojó en su casa y le tocó el corazón a este enfermo de codicia, y éste experimentó una paz y un gozo que el dinero no le proporcionaba, y se convirtió sinceramente, se entregó y abandonó a Jesús, dejando a un lado su vida de fraudes y robos, y compartiendo sus bienes y riquezas con los pobres y estafados: “la mitad de mis bienes se las doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más”.

El encuentro de Jesús con Zaqueo fue verdaderamente un acontecimiento lleno de misericordia: “Hoy ha sido la salvación de esta casa…”. La salvación es personal (“esta casa”) pero enlaza también con la comunidad de creyentes (“es hijo de Abrahán”). La salvación que trae Jesús no tiene límites, porque al igual que es universal la realidad del pecado del hombre, así lo es también la salvación de Jesús para cada hombre y para todos, “porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”, sea cual sea su raza, lengua, nación o condición social. Todo encuentro con Jesús cambia la vida de esa persona, y este encuentro salvador que puede suceder en cualquier lugar y momento, resulta especial en la Eucaristía, donde se ofrece constantemente la salvación de Jesucristo.

Jesús santificó con su presencia la casa de Zaqueo, como “hoy” también lo sigue haciendo cuando le abrimos de par en par las puertas de nuestra casa y corazón. No hay que tener miedo de ofrecerle a Jesús las llaves de nuestra casa para que pueda entrar en ella como lo hizo en la de Zaqueo.

Un símbolo: Las llaves de la casa.

Una pregunta:¿Soy consciente de la necesidad de abrir las puertas de mi corazón a Jesús para que su paz y su amor llenen mi vida?

Domingo XXX del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no”.

Un comentario postal: La parábola del fariseo y del publicano es, sin duda, una de las más conocidas, de las propuestas por Jesús, y cuyo objetivo deja bien claro al indicar a quién va dirigida: “por algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás”. Jesús es consciente que había fariseos que se creían superiores a los demás por cumplir escrupulosamente la Ley, y esto les conducía al orgullo, a la vanagloria y al desprecio de los otros.

Es llamativo cómo en el evangelio de Lucas se proponen como ejemplos a marginados religiosos (parábola del buen samaritano, el samaritano leproso que una vez curado regresa y da gracias a Jesús, el publicano Zaqueo que se convierte…), siendo ahora un publicano el que sale justificado del templo. Un dato que no se nos debe pasar por alto y que todos deberíamos asumir con toda su fuerza profética.

La actitud del fariseo es altiva y soberbia. Se siente satisfecho de sí mismo y se auto-alaba a bombo y platillo, apuntando la lista de sus virtudes y méritos. Se cree “San Perfecto”. Es un hombre religioso y hace buenas obras, pero movido por el orgullo y la vanidad no deja lugar para que Dios entre en su corazón, y sólo se mira y se escucha a sí mismo, llegando incluso en su nula humildad a juzgar con mezquindad al pobre publicano. Es evidente que con estas actitudes la oración del fariseo no pudiera llegar a Dios, saliendo del templo igual que entró.

En cambio, el publicano apenas pronuncia palabras. Se sabe pecador, indigno de acercarse a Dios, y no justo ni santo. Con sinceridad y confianza, aunque también con vergüenza, le abre su corazón a Dios y se presenta como un pecador necesitado del perdón de Dios, y se abandona a su misericordia y su compasión. Es evidente que con estas actitudes el publicano saliese del

Y Jesús concluye su enseñanza sobre la parábola: “Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no”. No hay que dar entrada en nuestra oración y en nuestra vida a las actitudes soberbias y engreídas. Los valores de la humildad y de la sinceridad han de formar siempre parte de la vida del cristiano. Y remacha Jesús sus palabras sentenciando: “Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Dios, como Padre misericordioso, siente debilidad ante el humilde pecador que se acerca a Él, y lo enaltece.

Un símbolo: Azulejo de la “Casa de San Perfecto”.

Una pregunta:¿En quién te sientes más identificado: en el fariseo o en el publicano?

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“…es necesario orar siempre, sin desfallecer”.

Un comentario postal: Jesús es Maestro de oración. Es el primero que se pone en actitud de oración, y en muchos momentos lo vemos orando al Padre e indicando a sus discípulos cómo deben orar.

Por medio de esta breve parábola donde aparece un juez corrupto y sin escrúpulos y una viuda indefensa pero aguerrida, Jesús enseña que “es necesario orar siempre, sin desfallecer”. ¡Ahí está la clave! El Juez era el encargado de hacer justicia, y por la razón que fuere no le hace justicia a aquella pobre viuda que le clama continuamente: “Hazme justicia frente a mi adversario”. La insistencia de aquella mujer, unido al deseo egoísta del juez de no sentirse molestado e importunado a cada instante, provoca finalmente que le haga justicia, y así librarse de ella. No actúa movido ni por la compasión ni por la bondad, pero le hace justicia.

Y dice Jesús: “…pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?”, y concluye con rotundidad: “Os digo que les hará justicia sin tardar”. Dios que es bondad infinita escucha siempre a sus hijos y conoce todo sobre nosotros, por eso Jesús nos anima a orar con total confianza, sin desesperar. Si perseveramos, conseguiremos lo que pedimos. Hay que orar con insistencia, sin desmayo, sin desanimarnos ante las dificultades y problemas. No renunciar nunca al arma de la oración, que nos hace sentir su Presencia junto a nosotros, su misericordia y su ayuda. Los cristianos debemos ser hombres y mujeres de oración. La oración alimenta nuestra fe y fortalece nuestro servicio al prójimo. Y cuando falta la oración, la fe vacila y pierde consistencia, de ahí que hay que poner todo de nuestra parte para no desistir y tirar la toalla en la oración, incluso cuando no sintamos que nuestra oración de súplica es correspondida. “Sin este cimiento fuerte de la oración todo edificio va falso…” (Santa Teresa de Jesús).

Unas palabras de Santa Teresa de Calcuta vienen también como anillo al dedo para profundizar en la enseñanza de Jesús sobre la oración perseverante: “Ama orar. Siente a menudo la necesidad de orar a lo largo del día. Deseamos mucho orar, pero después fracasamos. Entonces nos desanimamos y renunciamos. Si quieres orar mejor, debes orar más. Dios acepta el fracaso, pero no quiere el desánimo. Acordémonos de que el que quiere poder amar debe poder orar”.

Un símbolo: El Santísimo Sacramento expuesto para la Adoración.

Una pregunta:¿Alimento mi fe con una oración constante?