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Rezo del Santo Rosario

Todos los viernes a las 19:30 h. (antes de la Eucaristia)

Santisimo
"Ánimo, levántate que te llama" (Mc 10,49).

Recuerda que todos los jueves, media hora antes de la Misa, tendremos la Exposición del Santísimo Sacramento en la Parroquia

Horarios de Misa

El templo permanece abierto todas las mañanas de 10:30 a 13:30horas

Lunes a Sábado 20:00 Horas
Domingo 10.30 horas
12.00 horas
20.00 horas

Despacho Parroquial


Confesiones Media hora antes de la Eucaristía o en horario de despacho o previo acuerdo
Bautimos-Matrimonios-Unción de Enfermos Concretar con el Párroco las fechas
Cáritas Parroquial Todos los Viernes de 19:00-a-21:00 horas
Despacho Parroquial Martes, Miercoles y Viernes: 19:30 horas

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado…”.

Un comentario postal: Esta nueva parábola de Jesús, exclusiva de san Lucas, es respuesta a aquellos fariseos, amigos de las riquezas, que se burlaron de él cuando les enseñó que los bienes materiales han de ser usados para hacer el bien y ayudar a los más necesitados, y no se puede servir a Dios y al dinero. El contraste entre el rico Epulón y el pobre Lázaro son una clara invitación a saber utilizar las riquezas como un medio para alcanzar el fin y la meta que es la salvación y la eternidad. ¿Cómo? A través de la caridad compasiva y misericordiosa con el pobre, necesitado y desamparado.

Varias son, pues, las enseñanzas que nos ofrece esta parábola, y que pueden resumirse a través de estas tres palabras: compartir, conversión y Palabra de Dios.

-Compartir: ¿Se habría condenado el rico epulón si durante su vida hubiera confiado en Dios y compartido sus bienes con los necesitados? Ciertamente no se habría condenado. Compartir los bienes es lo que nos salva y es lo que nos pide Jesús, aquí y ahora. El rico pensaba sólo en él mismo y las riquezas le cegaron de tal manera que le incapacitaron para practicar las obras de misericordia y ser compasivo y solidario con los pobres. Pecó gravemente de omisión al no hacer el bien con sus bienes. La búsqueda de su propio bienestar le cerró a la solidaridad y a la fraternidad. En el horizonte de su vida no entraba ni Dios ni el prójimo, de ahí que su condena consistiera en una vida definitiva sin Dios. Una importante llamada, sin duda, a no permanecer impasibles e indiferentes ante el dolor y la miseria de los Lázaros que, hambrientos, enfermos y desnudos, se sientan ante nuestras puertas “cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico”.

-Conversión: La conversión del corazón al amor de Dios no se puede posponer “sine die”. Urge convertirse ahora, en esta vida, porque en el momento de la muerte la situación del ser humano es ya definitiva e irreversible (“entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”). El Papa Francisco en el Mensaje para la Cuaresma 2016 decía que el pobre Lázaro “es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos”. ¿Cómo podemos ser amigo de Dios en la eternidad, si ahora dejamos morir en la pobreza al propio hermano? Aquel que escoge servir al dinero y no a Dios sabe el destino que le espera tras la muerte.

-Palabra de Dios: Ante las súplicas que el rico dirige a Abrahán desde su lugar de tormento, éste le responde de modo contundente: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”, y también: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”. Es decir, quien rehúsa convertirse por la Palabra de Dios, tampoco lo hará aunque un muerto resucite, porque el ver hechos milagrosos o ver signos extraordinarios no conducen necesariamente a un cambio de vida más evangélico. Ahora bien, si vivimos en permanente escucha y obediencia a la Palabra de Dios, amando a Dios y al prójimo de todo corazón, y haciendo el bien a todos, entonces no hay que tener miedo al juicio final, porque “cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

Un símbolo: Un mendigo pidiendo limosna.

Una pregunta:¿En cuál de los dos personajes de la parábola me siento más reflejado: el rico Epulón o el pobre Lázaro?

Domingo XXV del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“No podéis servir a Dios y al dinero”.

Un comentario postal: No es un tema intrascendente o nimio el del dinero. Jesús en muchos momentos trata con sus discípulos esta cuestión, sin tapujos, denunciando duramente el afán por las riquezas y el peligro presente en todas las personas, grupos e instituciones de poner el corazón en los bienes materiales, considerándolos el máximo objetivo y el supremo valor de la vida.

En esta ocasión partiendo de la parábola de “administrador injusto”, caso evidente de corrupción, malversación de bienes y estafa, Jesús alabará la prontitud, el ingenio y la sagacidad con la que actúa aquel hombre, que busca ganarse amigos cuando sea despedido por su mala gestión. Resulta lógico que no hay que tomarlo como modelo en lo referente a su falta de honestidad, pero sí en cambio por la inteligencia y astucia con la que supo proceder para ponerse a salvo. Jesús dirá: “Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido”, para a continuación expresar que “los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”, es decir, los cristianos, discípulos del Señor, hemos de ser hábiles y usar los bienes y “las cosas de Dios” con astucia e inteligencia para hacer el bien y ayudar a los más necesitados. Jesús desea que seamos “hijos de la luz”, o sea, sencillos, humildes, serviciales, misericordiosos…, pero no ingenuos.

Y finalmente, Jesús culmina su enseñanza con estas palabras que interpelan fuertemente: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Aquí no hay ni ambigüedad ni dobles sentidos. Hay que estar precavidos para no caer en la idolatría del dinero, ni en la sutil tentación de querer unir e incluso confundir a Dios con el dinero. Simplemente son incompatibles. Antes o después hay que escoger entre uno u otro porque “ningún siervo puede servir a dos señores”. O pones tu corazón, tu tiempo, tu esfuerzo, tus capacidades, toda tu vida en servir a Dios y construir su Reino de justicia, amor y paz, o se termina subyugado por el dinero, pensando que la felicidad y la plenitud nos la da el acumular y tener cada vez más bienes materiales y más riquezas.

El Papa Francisco en su Exhortación Apostólica “La Alegría del Evangelio” actualiza las palabras de Jesús acerca de Dios y el dinero, y afirma con fuerza: “¡El dinero debe servir, no gobernar!” (EG 58), y es que hemos de ser capaces de poner los bienes de este mundo al servicio de la persona, y usarlos no como un fin en sí mismo sino en la perspectiva del Reino de Dios, en tanto en cuanto nos lleven hasta Dios, y sabiendo que son un regalo suyo y un medio para llevar una vida digna. No hay que olvidar nunca que el dinero ha de ser fuente de bendición y no de ambición.

Un símbolo: Una caja llena de monedas.

Una pregunta:¿Supone un obstáculo el dinero en mi vida cristiana y en el crecimiento de mi fe y mi amor?

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“¡Alegraos conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido!”.

Un comentario postal: Interesa escuchar lo que dice Jesús. La gente se acerca a él porque habla de un modo nuevo y diferente. Su palabra es tenida en cuenta por parte de todas las clases sociales de entonces, sin embargo, los fariseos y escribas no están de acuerdo con lo que Jesús dice y, sobre todo, con la manera de comportarse que tiene con los pecadores. La murmuración es evidente: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Ellos piensan que una persona que acoge a gente mala y pecadora e incluso se sienta a su mesa a comer con ellos no es un profeta de Dios. Su crítica será aprovechada por Jesús para defenderse diciéndoles que él se limita a imitar el mismo proceder de Dios, manifestándoles mediante tres parábolas que su manera de ser y de actuar con los pecadores es un fiel reflejo del modo de ser de Dios mismo, que es presentado como un pastor que sale a buscar la oveja perdida, una mujer que busca la moneda perdida y un padre que acoge a sus dos hijos, al que se fue y al que quedó en casa.

Jesús con estas incomparables parábolas de la misericordia, que son “el corazón del Evangelio”, nos invita a ensanchar el corazón con una mirada de amor muy amplia, la misma que emplea Dios con nosotros, porque Él rechaza siempre el pecado y la injusticia, pero acoge al pecador con misericordia y compasión. Es el corazón de Dios que rebosa siempre de amor misericordioso. . ¿Cómo no vamos a imitarlo en la vida familiar y de comunidad, en nuestras relaciones sociales y laborales? Dios toma la iniciativa, nos busca siempre y acoge gratuitamente a los más débiles y necesitados, a los pecadores y perdidos, porque su amor es más grande que nuestro pecado, y no descansa hasta que nos encuentra y se llena de inmensa alegría y gozo por el reencuentro.

Si así es Jesús en su pensar, sentir y actuar porque así es el Padre, es indudable que también la Iglesia, cada uno de los cristianos, tengamos el apasionante reto de hacer de nuestra vida un hermoso retrato en el que aparezcan la misericordia y la compasión, el perdón y la alegría. Son un valioso termómetro para calibrar cómo se encuentra nuestra comunión con Dios

Para aquellos fariseos y escribas la presentación que Jesús les hacía de un Dios Padre misericordioso que salva a los marginados, abandonados y despreciados de aquella sociedad les resultaría distinta, desconcertante y escandalosa, de ahí que como el hijo mayor de la parábola no fueran capaces por el rencor, el orgullo y la intolerancia de alegrarse por la salvación ofrecida por Dios. Impacta sobremanera las últimas palabras dichas por el Padre en la parábola: “Hijo, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero ahora tenemos que hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado”. Sintámonos llamados a ser siempre misericordiosos como el Padre.

Un símbolo: Una imagen de Jesús, Buen Pastor, encontrando la oveja perdida.

Una pregunta:¿Te consideras un cristiano compasivo o misericordioso como el Padre?

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario C

Un versículo:“…no podrá ser discípulo mío”.

Un comentario postal: Es consciente Jesús de que la gente le sigue y desea escuchar sus palabras que llenan el corazón de esperanza, amor y vida. Jesús, sin embargo, fiel a su misión va presentando íntegramente el Evangelio, sin rebajas de ningún tipo, ofreciendo tanto el aspecto más amable de su enseñanza como el más exigente y radical. En su enseñanza expresa con claridad cuáles son las condiciones necesarias para seguirle, subrayando que “no puede ser discípulo mío” (hasta en tres ocasiones lo dice) aquel que no renuncia a unos valores para poner por encima otros que son fundamentales.

Jesús no quiere discípulos a medio gas, a tiempo parcial, que se muevan por impulsos, por sentimientos o por costumbre. El discípulo ha de actuar movido por la libertad, aceptando la invitación del Maestro (“si alguno viene a mí…”). No es una obligación seguir a Jesús, pero si se decide seguirle se ha de aceptar sus condiciones, ya que marca la vida entera de la persona.

Ser discípulo de Jesús no es una moda pasajera sino que supone subordinarlo todo a Él. Posponer es “poner-después”, situar todo después de Jesús, construir la vida siguiendo los criterios del estilo de vida de Jesús. Posponer no es reprimir ni ignorar ni ocultar. Renunciar a las ataduras o vínculos familiares (…y no pospone a su padre y a su madre…), a la propia vida (…e incluso a sí mismo…), a los propios bienes (…todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes…) poniendo por delante, como valores absolutos y supremos a Dios y a su Reino. ¿Estamos dispuestos a pagar este precio?

Y la exigencia que presenta Jesús llega a un punto decisivo cuando dice: “Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”. El verdadero cristiano no es un “creyente de museo”, sino que es consciente de que la cruz estará presente de un modo u otro en su vida y sufrirá el rechazo, la incomprensión, la burla, el desprecio…, pero Él nos enseña a cargar con esa cruz.

Ciertamente hay que pensarlo bien antes de decirle a Jesús que queremos ser discípulos suyos. Jesús nos pone dos ejemplos: El constructor de la torre se tiene que sentar a pensar si podrá acabar la torre, y el rey también tendrá que reflexionar si con menos soldados podrá vencer al otro que la planta batalla. Resulta evidente que no es bueno ni conveniente asumir a la ligera la responsabilidad de ser cristiano. ¿Quién entra en una obra de envergadura sin antes estudiar los riesgos, los costes y las exigencias que le va a suponer? Sin duda, es necesario realizar un discernimiento sereno y realista antes de comprometer toda la vida en el camino cristiano.

Un símbolo: Una torre de un castillo.

Una pregunta:¿Eres consciente de los obstáculos que te impiden o dificultan que sigas a Jesús?