Reflexiones de Abril 2015

Domingo IV de Pascua

Un versículo:“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas”. Un comentario postal:

Un comentario postal: Este domingo se nos presenta el icono de Jesús “el Buen Pastor” que da la vida por las ovejas. Se trata de una imagen muy sugerente que la Iglesia ha usado desde el principio y ha incorporado a su vocabulario con mucha naturalidad. Resulta significativo también que el Papa Francisco haya continuado con el pectoral que tenía como Obispo, en el que aparece representado la imagen de Cristo Buen Pastor que regresa con la oveja perdida sobre sus hombros, y detrás el resto del rebaño. Además no olvidamos que se celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, recordándonos la importancia de rezar para que, como dijo Jesús, “el dueño de la mies...envíe operarios a su mies…”.

El pueblo de Israel tenía el convencimiento y la certeza absoluta de que Dios cuidaba de su pueblo como un pastor de su rebaño. En la tradición bíblica esta comparación de que los judíos formasen parte del rebaño apacentado por Dios no tiene ninguna connotación negativa, ni hace referencia a personas que no piensan o se dejan manipular fácilmente. La figura del pastor era usada con asiduidad para hablarnos de Dios, y Jesús no solo no era ajeno a esta idea tan arraigada en su pueblo, sino que la hace suya y la asume dándole una nueva dimensión, ya que será Él, el Hijo de Dios, con su sangre derramada en la cruz, es decir, entregando libremente su vida, el que guiará y reunirá a todas las ovejas, conduciéndolas hacia la salvación. Por eso lo ama el Padre…

Acojamos esta enseñanza que Cristo de modo tan claro y directo nos ofrece hoy: “Dar la vida por las ovejas”. Lo hace desde el amor que nos tiene a cada uno. Nos ama porque le importamos. Un amor que no regatea esfuerzos y sacrificios. Un amor que no se avergüenza de nuestras pobrezas y miserias. Un amor que le hace salir y buscarnos cuando nos extraviamos. Así debemos ser todos en la Iglesia, alejando de nosotros todo tipo de orgullos y egoísmos, un reflejo vivo, alegre y convincente del rostro y del corazón de Cristo.

Dejemos, pues, que este Buen Pastor ocupe su lugar en la vida de nuestra comunidad parroquial, y que nuestros sentimientos y nuestras acciones sean las de Él. Evitemos seguir a los falsos pastores que pretenden aprovecharse y beneficiarse de nosotros. Agradezcamos en esta semana todas esas ocasiones en las que hemos sentido su llamada, sus palabras, su cuidado, su guía, su perdón, su ayuda, su consuelo, su alimento, su amor…y renovemos la decisión de escuchar su voz y seguirle sabiendo que “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan” (Sal 22, 4).

Un símbolo: Pectoral del Papa Francisco.

Una pregunta:¿Te identificas como una “buena” oveja en el rebaño de Jesús?

Domingo III de Pascua

Un versículo:“Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”.

Un comentario postal: El Señor Resucitado se aparece en persona a los discípulos que atenazados por el miedo no son capaces de creer que Jesús, el Mesías, el crucificado, está allí delante de ellos lleno de vida y comunicándoles su mismo espíritu. Jesús no es un fantasma ni un espectro ni un mero producto de su imaginación. Ahora es el Resucitado, el Viviente. Verdaderamente es Él, el crucificado, el que ahora está vivo, delante de ellos, y les habla, y les da su paz, y les enseña las manos y los pies, y come con ellos, y los llena de alegría y gozo, y les recuerda las palabras que les dijo acerca de que todo lo dicho sobre él en las Escrituras se había de cumplir. Y, finalmente, Jesús Resucitado les dice a los apóstoles que son auténticos testigos de su presencia real.

El Señor Resucitado, al igual que entonces con los apóstoles, hoy también a nosotros nos quita los miedos y temores que nos envuelven, disipa nuestros escepticismos e inseguridades, convierte nuestra incredulidad en adoración, ilumina nuestras sendas y da sentido a nuestro caminar, reanima nuestra débil esperanza y fortalece nuestra quebradiza confianza, abre nuestros sentidos interiores y nos empuja a la misión, anunciando con alegría y valentía el mensaje, y predicando la conversión y el perdón de los pecados.

Sólo el encuentro y la experiencia de Jesús resucitado hace posible que en nuestra vida brille el amor de Dios, a través de nuestras palabras, gestos y acciones. La apertura a Jesús abre nuestro entendimiento para que comprendamos el Evangelio con la cabeza y el corazón, con todo nuestro ser. Somos cristianos resucitados, por eso hemos de vivir ya la vida propia de los resucitados, dejando atrás el hombre viejo, y revistiéndonos del hombre nuevo.

Sin duda, no podemos olvidar que el anuncio de la resurrección del Señor que los apóstoles proclaman con atrevimiento, autenticidad y credibilidad, nos ayuda a no olvidar que éste es el núcleo fundamental de su predicación. A ellos se les abrió el entendimiento y comprendieron las Escrituras, al encontrarse con el Resucitado y recibir el don del Espíritu. Esta es la actitud que debe animar y alegrar permanentemente la vida del cristiano. No podemos callarnos ni cansarnos. ¡Vivamos de Pascua y de primavera! ¡Sintonicemos nuestro corazón ardiente con el del Resucitado superando todo tipo de dudas, resistencia y confusión! ¡Es tiempo de felicidad y de alegría! ¡Es el tiempo de acoger la misión que Jesús nos ha encomendado siendo sus testigos!

Un símbolo: Portada de las Sagradas Escrituras.

Una pregunta:¿Dejas que Cristo Resucitado te abra el entendimiento para comprender la Palabra de Dios?

Domingo II de Pascua

Un versículo:“Dichosos los que crean sin haber visto”.

“¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!” Es la experiencia que vivieron los apóstoles y es el mensaje de la Pascua cristiana, que la Iglesia desde el principio proclama con gozo, valentía y constancia. Como decía el Beato Papa Pablo VI “Evangelizar es la dicha de la Iglesia, su identidad más profunda”.

En nuestro templo parroquial se percibe que ha llegado la Pascua, al encontrarse embellecido con los paños blancos, el espléndido mantel del altar estrenado en la Vigilia pascual y bordado por las monjas Esclavas del Santísimo Sacramento de Jerez, los ramos de flores, símbolo de la primavera pascual y de la hermosura que brota de la fiesta, y la luz del imponente Cirio (Luz de Cristo), pintado a mano por las monjas Jerónimas, este año con la imagen del cordero pascual. Todos estos signos quieren ser reflejo y testimonio gozoso de la presencia de Cristo Resucitado, nuestra vida y nuestra paz definitiva. Sin olvidar que el principal signo de la resurrección de Jesucristo será siempre nuestra manera de vivir, fundamentada en el encuentro personal con Cristo, como nos manifiesta el cambio de vida realizado por los discípulos al encontrarse con Jesús. ¿Hay mayor argumento a favor de la resurrección de Jesús que éste?

El apóstol Tomás, en el que nos sentimos reflejados tantas veces, exigía pruebas para creer. Sin embargo, a Jesús no se le capta por los sentidos, ni por las manos, sino por el don de la fe y por la experiencia espiritual. Todos podemos reconocer al Resucitado, pasar de la increencia a la confesión de fe, si experimentamos lo mismo que Tomás. Y Jesús nos dejó esta bellísima bienaventuranza: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Una bendición de Jesús para los que creen porque han escuchado el Evangelio, sin haber tenido la experiencia de Tomás. Con la fe en Cristo Resucitado, poniéndolo en el centro de nuestra vida y de nuestra comunidad, podemos afrontar la vida con confianza, superando todo tipo de miedos, complejos y escepticismos, que nos encierran en nosotros mismos, nos alejan del amor del Padre y nos impiden anunciar esta buena noticia con alegría y ardor misionero, dejándonos llevar por el Espíritu.

Es Cristo Resucitado quien inunda nuestros corazones de una alegría serena haciéndonos capaces de vivir la caridad fraterna, es Él quien afianza y purifica nuestra débil fe y, es Él, quien anima nuestra esperanza que peregrina, “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (San Agustín). ¡Vivamos una Pascua fecunda!¡Experimentemos la alegría de creer! ¡Acojamos el don del Espíritu, su perdón, su alegría, su paz y el envío a la misión!

Un símbolo: Cirio Pascual.

Una pregunta:¿Cómo ejerces actualmente tu misión evangelizadora?

Domingo de Resurrección

Un versículo:“No está aquí. Ha resucitado”.

¡Es Domingo de Pascua de Resurrección! Este día es el domingo de todos los domingos del año. Es Pascua, el paso de la muerte a la vida. Podemos y debemos alegrarnos junto con toda la Iglesia, extendida por los cinco continentes, porque Cristo crucificado y sepultado, ha resucitado de entre los muertos y vive para siempre. Cantemos llenos de gozo: ¡Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo!

El pasado viernes santo decían unos jóvenes que regresaban a sus casas, después de presenciar por las calles las imágenes de la pasión de Cristo y de la Virgen María: “¡Qué pena ya se ha terminado la Semana Santa!”. Estas palabras nos llevan a pensar cuánta gente se queda todavía viviendo la fe en un permanente viernes santo doloroso, en el desencanto y en la desesperanza, sin descubrir la vida luminosa que sale de la tumba abierta y vacía, sin darse cuenta de que Cristo Resucitado es la garantía de nuestra Vida.

La resurrección de Cristo es el acontecimiento que da sentido a nuestra fe, clave y fundamento de nuestra vida cristiana. Es un hecho singular en la historia y, al mismo tiempo, un misterio de fe. Por eso, como dijo hermosamente en la Vigilia Pascual el Papa Francisco “No se puede vivir la Pascua sin entrar en el misterio. No es un hecho intelectual, no es sólo conocer, leer... Es más, es mucho más. «Entrar en el misterio» significa capacidad de asombro, de contemplación (…). Entrar en el misterio nos exige no tener miedo de la realidad (…). Entrar en el misterio significa ir más allá de las cómodas certezas, más allá de la pereza y la indiferencia que nos frenan, y ponerse en busca de la verdad, la belleza y el amor (…). Para entrar en el misterio se necesita humildad, la humildad de abajarse (…). Sin adorar no se puede entrar en el misterio”.

El signo del sepulcro vacío es anuncio del misterio de la resurrección. ¡Entremos en el misterio! Disfrutemos en nuestra comunidad parroquial de cincuenta días de gozo y de alegría. Vivamos como testigos gozosos en medio de un mundo donde hay todavía tanta muerte y oscuridad. Dejemos que Jesús esté vivo y presente en todos los ámbitos de la vida, y mostremos así en nuestra vida el rostro de Jesús Resucitado.

Un símbolo: Cristo Resucitado saliendo triunfante del sepulcro.

Una pregunta:¿Vives con fuerzas renovadas la misión de ser testigo de Cristo Resucitado?