Reflexiones de Junio 2015

Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Un versículo:“Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y con salud”.

Un comentario postal: “¡Qué importante y qué necesaria la fe! ¿Cuánta gente a lo largo de la historia se ha acercado a Jesús de la misma manera que la mujer enferma y el jefe de la sinagoga, buscando en él, con fe sincera, una respuesta a la enfermedad y a la muerte de su hija, respectivamente! Es precisamente esa fe-confianza en Jesús lo que hace posible que se pase de la enfermedad a la salud, y de la muerte a la vida. Las palabras creadoras de vida y la fuerza curativa de Jesús, reflejo del Dios de la Vida, así lo manifiestan tanto a la hemorroísa: “Hija, tu fe te ha salvado: vete en paz y con salud”, como a Jairo: “No temas, basta que tengas fe”. Y el Reino de Dios continúa su crecimiento imparable, porque no siquiera la muerte será capaz de alterar el proyecto de salvación y vida que el Padre tiene para toda la creación.<

El relato del evangelio expresa dos maneras muy diferentes de vivir y expresar la fe. Las dos son válidas. Uno lo hace en público y con palabras, y la otra en privado y en silencio. Son dos modos de suplicar en la necesidad. Jesús no rechaza a ninguno. Y el encuentro con Jesús, movido por la fe, tiene sus efectos ya que desemboca en la sanación y rehabilitación de la “asustada y temblorosa” hemorroisa, mientras que en la hija del respetuoso y humilde Jairo que “se echó a sus pies, rogándole”, la muerte deja paso al simple sueño.

Las dos curaciones que se relatan este domingo, me ha hecho recordar lo que leí un día: “La fe es como el wifi. Es invisible pero tiene el poder de conectarte a lo que necesitas”. Un modo actual y original de explicar un aspecto fundamental que se da en la fe, y que la hemorroisa y Jairo pudieron probar con éxito aquel día, ya que se hallaban con la cobertura necesaria y tenían activado en su interior ese wifi (fe/confianza) que les conectó directamente con Jesús para acceder a lo que necesitaban, y entonces se les abrió una nueva ventana de vida, paz y serenidad interior. Y un dato más: el wifi es gratuito, su capacidad infinita y la contraseña universal.

Cualquiera que sea nuestra situación personal o la de nuestros seres queridos, no dejemos de acudir a Jesús, porque dará sentido y esperanza a lo que estemos viviendo. Él tiene las 24 horas del día para atender nuestras súplicas. No le duele el tiempo que nos dedica, ni lo considera tiempo perdido. Sigue siendo verdad que nadie da lo que no tiene. Jesús nos enseña a darlo todo, siempre y sin condiciones. En su corazón rebosante de misericordia y de vida encontramos la fuente que nos llena de plenitud y nos capacita a compartirlo con los otros.

Un símbolo: Logo de zona wifi.

Una pregunta:¿Consideras que tu fe está a la altura de esa mujer enferma o de Jairo?









Domingo XII del Tiempo Ordinario

Un versículo:“Él les dijo: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”.

Un comentario postal: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”, le gritan los discípulos a Jesús, en un momento de fuerte tempestad en el lago de Galilea, zarandeados por un fuerte oleaje que amenazaba incluso sus propias vidas… Hermosa imagen de la barca de la Iglesia que navega con Jesús por los mares de este mundo luchando contra las dificultades que quieren hacerla naufragar (el materialismo, el secularismo, las injusticias, el dios-dinero…). Y también magnífica comparación aplicada a nuestra propia vida agitada por multitud de problemas, crisis y peligros (la muerte, la enfermedad, el dolor…) que amenazan nuestro hundimiento en la angustia y el miedo, en el pesimismo y la tristeza, en la falta de compromiso, solidaridad y sentido de la vida.

La reacción de Jesús, una vez calmada la tormenta, es preguntarles directamente y sin tapujos: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?”, es decir, ¿por qué es más fuerte vuestro miedo que vuestra fe? La fe verdadera y auténtica, desprendida de las impurezas que se adhieren y contaminan su esencia, despierta nuestra absoluta y total confianza en el Señor, que hace posible encarar cualquier dificultad con esperanza, paz y serenidad. Sin duda, a más miedo, menos fe, y por el contrario, cuanto más crezca y madure nuestra confianza en Él, nunca nada ni nadie nos podrá apartar de su presencia, su compañía y su amor.

Los cristianos experimentamos permanentemente en nuestra vida cómo a veces nuestra falta de fe en Cristo encoge nuestra alma, acobarda nuestro corazón y nos arrastra al desaliento y desasosiego, y sin embargo, la mayoría de las veces es nuestra fe y nuestra confianza en el Señor la que nos ayuda a eliminar las incredulidades, a superar las inseguridades y a vencer los miedos y resistencias que nos atenazan fuertemente, arrastrándonos irremediablemente al pozo de una vida mediocre, oscura y carente de sentido cristiano.

Por muy fuertes que sean las tormentas que podamos estar sufriendo, en nuestro interior o en las mil y una circunstancias y situaciones que nos rodean y envuelven, no podemos olvidar que Dios siempre está presente en la barca de nuestra vida, siempre nos protege porque no deja de acompañarnos cada día, aunque haya momentos que pensemos que nos ha dado la espalda, que no nos escucha o que está ausente de nuestra vida.

Un símbolo: Un barco pequeño.

Una pregunta:¿Nos consideramos valientes y arriesgados o cobardes y temerosos a la hora de vivir la fe?











Domingo XI del Tiempo Ordinario

Un versículo:“El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra”.

Un comentario postal: ¡Qué hermosas son las parábolas que Jesús nos ofrece en los evangelios para que comprendamos mejor qué quiere decirnos cuando nos habla del Reino de Dios o Reino de los cielos! En esta ocasión las parábolas de la semilla que crece sola y la del grano de mostaza.

El Reino de Dios consiste en sembrar siempre amor, dentro y fuera de nosotros, y aunque sea poco, irá germinando, y si lo sembramos poco a poco, podemos tener la certeza de que Dios lo hará germinar y dará fruto en abundancia. ¡Estamos en tiempo de siembra! No podemos cansarnos en nuestra vida de sembrar el bien allí donde nos encontremos. Tampoco debemos quejarnos por ser humildes colaboradores en esta impresionante tarea recibida del Padre siendo sembradores de amor y esperanza, de justicia y de paz, confiando absoluta y totalmente en Jesús.

¡Cuánto bien nos hace sembrar hoy y confiar, y volver a sembrar mañana confiando nuevamente, y así cada día! Sembrar con el testimonio de nuestra vida, sembrar con alegría y generosidad, sembrar desde los gestos, palabras o acciones más humildes o insignificantes, sembrar con el convencimiento de que más allá de nuestros esfuerzos o recursos es la fuerza vital e interior que posee la simiente la que hace posible el crecimiento imparable del Reino de Dios.

¡Cuánto debemos seguir aprendiendo de la manera tan silenciosa y tan paciente que tiene de Dios de actuar! No sabemos cuándo ni cómo florecerá pero si tenemos la certeza de que se llevará a cabo. Resulta muy hermoso contemplar una planta o una flor en su plenitud, pero antes ha tenido que pasar por una etapa de siembra y crecimiento.

En el proceso de crecimiento y de conversión personal estas parábolas de Jesús nos invitan a abrirnos a la acción del Espíritu, a no dudar nunca de la calidad de la semilla, y a sembrar siempre con amor y sencillez, poniendo todo nuestro tiempo y nuestra energía al servicio del Reino de Dios, sabiendo que en última instancia es Él quien siembra, planta y hace florecer.

Un símbolo: Una flor o planta hermosa.

Una pregunta:¿Haces lo posible para que el Reino de Dios crezca dentro y fuera de ti?











Domingo del Corpus Christi

Un versículo:“Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: -Tomad, esto es mi cuerpo”.

Un comentario postal: En la solemnidad del Corpus Christi, día en el que también la Iglesia en España celebra el Día de la Caridad, unimos la Eucaristía y la Caridad. Y la Iglesia viene a recordarnos que la eucaristía sin la caridad se convierte en un culto vacío, y la caridad sin el sacramento eucarístico es una mera acción social. ¿Dónde encontramos los cristianos las fuerzas para servir con alegría y generosidad, para afrontar las dificultades de la vida, para trabajar por un mundo más justo y más fraterno, para entregarnos más, para ofrecer lo mejor de lo que somos y lo que tenemos? En el sacramento de la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, renovamos nuestra fe y encontramos la fuerza para seguir caminando cristianamente. Ciertamente es en la Eucaristía vivida, celebrada y adorada donde nuestra vida transformada y modelada se convierte en oblación y donación al prójimo.

En la Instrucción Pastoral “Iglesia, servidora de los pobres” (24-04-2015), dicen nuestros Obispos: “La caridad es una dimensión esencial, constitutiva, de nuestra vida cristiana y eclesial, que compete a cada uno en particular y a toda la comunidad. Así lo dice Benedicto XVI: «El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial...También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En consecuencia, el amor necesita también una organización, como presupuesto para un servicio comunitario ordenado»101. Y amplía: «Cuando la actividad caritativa es asumida por la Iglesia como iniciativa comunitaria, a la espontaneidad del individuo debe añadirse también la programación, la previsión, la colaboración con otras instituciones» (nº 54). Sin duda, este reciente documento nos puede ayudar en la reflexión y en la acción en favor de los más necesitados.

En esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo también pedimos al Señor que derrame su misericordia y su perdón sobre cada uno de nosotros porque nuestra falta de fe nos dificulta vivir con actitudes eucarísticas, e incluso aunque creemos en la Eucaristía y nos acercamos al sagrario a rezar, en muchas ocasiones nuestra falta de caridad y entrega al prójimo hace que no nos acerquemos a los pobres y empobrecidos, a los débiles y excluidos, y a todos los que sufren por cualquier causa.

No dejemos de alabar, bendecir y adorar con nuestros labios y nuestro corazón al que siendo un solo Dios, es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Un símbolo: El pan y el vino en la consagración

Una pregunta:¿Cómo participas con Cáritas y en la Eucaristía?