DOMINGO PENTECOSTÉS – A

Un versículo:“Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo”.

Un comentario postal: Jesús cumple la promesa que dio a sus discípulos en la última cena de que les enviaría al Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad. Al anochecer de aquel domingo, Jesús Resucitado se aparece ante los discípulos que se encontraban en Jerusalén, “en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”, y tras ofrecerle su Paz y enviarlos a la misión, “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo”. El mejor regalo y el mejor don que Jesús Resucitado pudo dejar a sus discípulos y amigos fue su mismo Espíritu. Es el Espíritu que da la vida (“Señor y dador de vida”), una vida nueva, una vida distinta, una vida mejor. ¡La misma vida de Dios!

El día de Pentecostés es, pues, el día del cumpleaños de la Iglesia. En la tarde-noche de aquel domingo, se puede decir que la Iglesia echó a andar, animada y alentada por la fuerza del Espíritu Santo. Y desde entonces aquellos discípulos pasaron a ser misioneros y misioneras, anunciando un mensaje nuevo: Cristo está vivo. ¡Ha resucitado! Aquellos discípulos pasaron de ser una comunidad muda, cerrada y cobarde, a experimentar la fuerza de lo alto, y convertirse en una Iglesia evangelizadora, abierta y valiente. Dejaron atrás la desesperanza y el desaliento para dejar arder sus corazones en el fuego del Espíritu que los inflamó de esperanza y caridad. Y es que donde está el Espíritu de Dios todo se transforma, renace y se transfigura. ¿Cómo iba nadie a imaginar lo que estaba sucediendo? Y, sin embargo, sucedió lo inimaginable. El viento huracanado del Espíritu, recreador y santificador, los hizo personas nuevas, hombres y mujeres valientes, viviendo ya según ese Espíritu divino que siempre sana, pacífica y consuela.

Sin duda, ayer como hoy, toda la Iglesia y cada uno de los cristianos han de llenarse por dentro de esta presencia renovadora y vivificadora, para poder lanzarse hacia fuera dando un alegre testimonio del Señor Jesús. La presencia del Espíritu es la que sacará a la comunidad de la tibieza, la comodidad y el estancamiento, y la impulsará a la misión, poniendo cada uno las cualidades y dones, los talentos y carismas recibidos de Dios mismo para el bien común, y continuando así la misión que Jesús inició, porque su vivir fue un vivir para Dios sirviendo a los hombres.

Un símbolo: Los siete dones del Espíritu Santo, con lámparas de colores diversos.

Una pregunta:¿Le rezas al Espíritu Santo y lo acoges en tu interior?


Jesús es el CAMINO, que por la VERDAD, conduce a la VIDA.

Si seguimos a Jesús (Camino) no nos perdemos ni nos desorientamos. Con Él avanzamos paso a paso, con esfuerzo y seguridad, hacia el encuentro con el Padre, nuestra paz y nuestro gozo sin fin.


Domingo Ascensión del Señor - A -

Un versículo:“Id y haced discípulos de todos los pueblos”.

Un comentario postal: El penúltimo domingo de Pascua se celebra el misterio de la Ascensión, que forma una unidad con el de la resurrección del Señor. Es el complemento y desarrollo de la Pascua que nos conduce a su culminación con el envío del Espíritu en Pentecostés. Por eso se puede decir que Pascua, Ascensión y Pentecostés son un único y dinámico movimiento de salvación que se produce en Cristo y que se nos va comunicando en la celebración pascual de cada año.

El final del evangelio de san Mateo presenta la plena manifestación de Jesús resucitado en Galilea (“al monte que Jesús les había indicado”), donde precisamente comenzó su misión el Jesús histórico anunciando el Reino de Dios. Resulta evidente la identidad entre Jesús de Nazaret y el Cristo glorioso y resucitado. Y es ahí, con el poder recibido del Padre (“se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra”), cuando envía a sus discípulos a la misión universal (“Id y haced discípulos…bautizándolos…enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”). Jesús pasa el testigo y ofrece a sus discípulos la misión de proclamar con decisión su Evangelio como Buena Noticia. Es el momento de ponerse manos a la obra y no quedarse plantados mirando el cielo. ¡Nos toca a nosotros! Nos apremia la evangelización, razón de ser de la vida y la actividad de la Iglesia, de las pequeñas comunidades y parroquias que hacen concreta, visible y cercana a la Iglesia.

El Credo recoge, de modo resumido, el misterio de la Ascensión del Señor a los cielos cuando dice: “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. La presencia visible de Cristo en la tierra se ha terminado, pero permanece con nosotros de otro modo (“y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”), de modo especial en los Sacramentos, y además deja su Evangelio en nuestras manos. Él se compromete a acompañarnos y estar con nosotros. ¿Cómo no vamos a ser testigos alegres y discípulos esperanzados si nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin?

En definitiva, una fiesta en la que somos llamados a comprometernos en el trabajo de la evangelización, en el pequeño radio de acción de nuestro entorno de cada día (casa, calle, lugar de trabajo, ámbitos de diversión, etc.), testimoniando que Jesús es el Salvador de los hombres (el mundo como responsabilidad), y sabiendo además que la victoria de Cristo es la garantía de nuestro destino y plenitud humana, de la triunfal trascendencia que nos espera (el cielo como gozosa esperanza).

Un símbolo: Una escalera.

Una pregunta:¿Cómo realizas en tu vida el anuncio de la Buena Noticia?

DOMINGO VI DE PASCUA – A

Un versículo:“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”.

Un comentario postal: Ciertamente, en el amor a Dios y al prójimo viene a resumirme lo esencial del mensaje de Jesús. Ahí se encuentra su mandamiento principal y no en otros mandamientos también importantes pero supeditados a este. De ahí que en la intimidad de la última cena y en esa atmósfera de despedida, Jesús les abre su corazón y les recuerda este mandamiento fundamental: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Él no pide obediencia ciega o valentía incondicional, sino una conducta que tenga su fuente, su raíz y su razón de ser en el amor, unos discípulos que vivan en el amor y así puedan proclamar su Evangelio a todos y en todas las circunstancias y lugares.

Y uno puede preguntarse: ¿Si no guardo sus mandamientos quiere decir que no amo a Jesús? La respuesta puede ir en la línea de que el cristiano tiene que ser bueno y amar a Jesús, y mostrarlo con las obras. Difícilmente se puede amar a Jesús de verdad y vivir, en cambio, de espaldas a Él, a su persona y a su mensaje. Si comulgamos a Jesús se tiene que comulgar con todo aquello que el mismo Jesús ama, mirando las cosas como Él las ve.

Y Jesús asegura que, aunque él se va, no los dejará desamparados ni abandonados: “No os dejaré huérfanos, volveré”. Y para que los discípulos puedan amarle y guardar sus mandamientos, el mismo Jesús subraya: “Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.

Con esta nueva, dinámica y vivificante presencia de Jesús, muy dentro de nuestro corazón, que vive en comunión con el Padre (“entonces sabréis que yo estoy con mi Padre”), y con sus discípulos (“vosotros conmigo y yo con vosotros”), y con la asistencia del Espíritu Santo (Paráclito, Defensor) que promete a sus discípulos, la Iglesia podrá hacer frente a todas las situaciones que aparezcan en un mundo contrario a los valores del Evangelio. Y es ahí, en esa comunión de vida, fundada en la comunión de Jesús con el Padre y nuestra con Él, la que hace posible que aceptemos y guardemos sus mandamientos, no como una obligación sino como una hermosa manifestación de amor.

Un símbolo: Un azulejo con el shemá.

Una pregunta:¿Eres consciente que cuanto más “guardas sus mandamientos” más amas a Jesús?


DOMINGO V DE PASCUA – A

Un versículo:“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”.

Un comentario postal:Una vez que Jesús, en la última cena, ha lavado los pies a sus discípulos, les abre su corazón y en la intimidad de la noche les confía todo lo que lleva en su interior. El evangelio de san Juan recoge esta larga despedida de Jesús en el llamado “Sermón de la Cena”, que viene a ser como el testamento espiritual que el maestro deja a sus discípulos.

Los discípulos, que están viviendo un momento de angustia, incertidumbre y desconcierto, reciben de parte de Jesús unas palabras reconfortantes y consoladoras: “Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Jesús les pide que confíen en Dios y en él. Ayer como hoy, los discípulos de Jesús, asentados firmemente en la fe, podemos encontrar la fortaleza, la calma y la paz necesaria ante las dificultades, tribulaciones e incomprensiones que pueden ir surgiendo cada día.

Jesús anuncia su marcha al Padre, pero a renglón seguido tranquiliza a los discípulos explicando el sentido de su partida y diciendo que regresará para buscarlos. El apóstol Tomás, siempre realista, no comprende el alcance de esa afirmación y pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Jesús, en su respuesta, subraya su íntima comunión con el Padre y revela su condición de ser “el camino y la verdad y la vida”. Tres imágenes expresivas y cargadas de significado con las que Jesús se autodefine y revela su identidad: Él es el único camino que da acceso al Padre, la verdad que nos ilumina y la vida plena que se nos da en abundancia.

Y luego Felipe, que tampoco comprende las palabras de Jesús, se dirige a él con arrojo: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Y Jesús le baja los humos: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. No necesita ver más. Con ver a Jesús es más que suficiente. El Dios invivible se hace visible en la persona de Jesús. Los discípulos, a pesar del tiempo que llevan con él, de haberle escuchado y haber sido testigos de sus signos y milagros, sin embargo, todavía no han experimentado a Jesús en toda su profundidad.

El final del pasaje es una insistencia de la perfecta comunión que existe entre el Padre y Jesús (“Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí”, “Porque yo me voy al Padre”), y una invitación a encontrarnos con Jesús, “piedra angular” de nuestra fe, para experimentar la verdad amorosa del Padre y la vida que nos regala su Espíritu Santo.

Un simbolo:Un camino.

Una pregunta:¿Es verdaderamente Jesús “la piedra fundamental” de nuestra vida?

DOMINGO IV DE PASCUA – A

Un versículo:“Yo soy la puerta de las ovejas”.

Un comentario postal: Finalizadas las tres primeras semanas de Pascua, en la que los evangelios presentan la presencia viva de Jesús Resucitado, se llega al ecuador de la Pascua, con el domingo llamado del “Buen Pastor”, porque en los tres ciclos se lee un pasaje distinto referente al capítulo 10 del evangelio de san Juan, en el que se presenta a Jesús como el Buen Pastor. Asimismo en este día, desde hace 54 años, la Iglesia celebra la Jornada mundial de oración por las vocaciones consagradas: sacerdocio, vida religiosa y misionera. Ciertamente un día muy apropiado para situar esta Jornada de oración por aquellos que, de un modo u otro, hacen las veces de Jesús, buen pastor, en su vida.

Jesús se presenta, pues, como “el buen pastor” y como “la puerta de las ovejas”. Son dos imágenes sugerentes, muy conocidas en las Escrituras, especialmente en los profetas y salmos la imagen de Dios como Pastor, que con sus matices y sus rasgos quieren manifestarnos quién es Jesús para nosotros.

Usando este lenguaje propio y común del entorno geográfico y cultural en el que vivió, Jesús responde de modo firme y contundente a los jefes judíos que le acosan y asedian y están dispuestos incluso a matarlo. Los llama ladrones y bandidos que actúan buscando su propio interés, aprovechándose del rebaño y pensando solo en sí mismos. Frente a ellos, él se manifiesta y actúa con el pueblo como lo haría un pastor responsable, atento y generoso: Conduce y guía al rebaño, busca a las perdidas y extraviadas, sale al encuentro de las que están fuera, conoce a cada una de ellas, las alimenta, cuida y protege de los peligros, y, en fin, da la vida por ellas (“yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”).

Por otra parte, Jesús se autodesigna como “la puerta de las ovejas”. Él es la puerta legítima, la puerta de la Vida, la que da acceso y entrada a todos, pastores y ovejas, al redil de Dios. No es necesario saltar la valla para alcanzar la salvación. La puerta verdadera para entrar en el Reino es Cristo, él es el único puente de comunicación entre el Padre y la humanidad. Es la puerta del amor y del servicio, de la humildad, la justicia y la paz (“yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará”).

Sin duda, un pasaje del evangelio que, en medio de la Pascua, ayuda a contemplar con asombro y gozo el misterio de Dios, a darle gracias porque nos conoce, nos ama y da su vida por nosotros, y, por supuesto, a escuchar con interés la voz de Jesús, Buen Pastor, y así poder seguirle e imitarle en nuestra vida.

Un símbolo: la puerta

Una pregunta:¿Procuramos entrar por “la puerta” que es Jesús o, más bien, intentamos saltar por la ventana?


DOMINGO III DE PASCUA - A -

Un versículo:“A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.

Un comentario postal: El tiempo de Pascua de Resurrección nos invita a profundizar en esta Buena Noticia: Jesús ha resucitado. Y en la liturgia todo nos habla de esperanza y de vida, y llena de gozo, entusiasmo y alegría nuestros corazones. ¿Cómo no descubrir en el cirio pascual encendido, luz que ilumina nuestro camino, llama que calienta nuestro corazón y fuego que quema nuestro pecado, la presencia silenciosa de Cristo Resucitado? ¿Cómo pasar por alto en el colorido, la hermosura y la fragancia de las flores que adornan el templo la presencia viva y luminosa del Señor? ¿Y qué decir de las oraciones y lecturas de la Misa, y los cantos de la celebración, especialmente, el canto del Gloria y el del Aleluya?

En el tercer domingo de Pascua, y cuando todavía quedan cinco semanas, el pasaje de la aparición de Jesús a los dos discípulos de Emaús, que sólo se encuentra en el evangelio de San Lucas, se nos ofrece como un cuidado, hermoso y profundo relato “catequético” que nos invita a vivir la experiencia del encuentro con el Resucitado en el camino de nuestra vida.

El viaje de los discípulos es “de ida y vuelta”: la ida es desde Jerusalén a Emaús: un camino marcado por la tristeza, el desánimo y la desilusión (“nosotros esperábamos…”). Su débil fe se desmoronó con la muerte de Jesús y no creyeron el testimonio de las mujeres que hablaron del sepulcro vacío. Sus ojos tristes y cerrados fueron incapaces de reconocer a Jesús “que se puso a caminar con ellos”. La vuelta es desde Emaús a Jerusalén: un camino totalmente distinto, ya que tienen prisas por regresar a la comunidad, el cansancio no les puede, los ojos están abiertos y el corazón pleno de alegría y gozo. El camino de Emáus puede ser nuestro camino personal o comunitario: camino de la fe a la desesperanza, o por el contrario, de la oscuridad a la luz.

¿Qué ha sucedido en medio? Jesús Resucitado les ha salido al encuentro, ha caminado con ellos, ha dialogado con ellos y los ha escuchado, les ha explicado las Escrituras, les ha partido el pan y se los ha entregado. Y es entonces cuando lo reconocen, intentan retenerlo, y Jesús desaparece. El encuentro con Cristo ha transformado su decepción en esperanza gozosa, sus dudas en certezas inamovibles y sus miedos en valiente testimonio.

Hoy, igual que entonces, es fundamental reconocer a Cristo Resucitado, con los ojos de la fe, en los tres mismos momentos donde los discípulos de Emaús lo encontraron: En la Palabra escuchada, en la Eucaristía compartida y en la Comunidad reunida. ¿No es esto lo que hacemos cada vez que acudimos a la celebración de la eucaristía? ¿No nos encontramos con Cristo Palabra, Cristo Pan y Cristo Comunidad?

Un símbolo: El tapiz de los discípulos de Emaús.

Una pregunta:¿Dónde “reconocemos” nosotros a Jesús Resucitado?

DOMINGO II DE PASCUA

Un versículo:“Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros”.

Un comentario postal: El segundo domingo de Pascua se lee, cada año, el pasaje evangélico de san Juan en el que Jesús Resucitado tiene el primer encuentro con los discípulos reunidos “en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. El encuentro tiene lugar “al anochecer de aquel día, el primero de la semana”, es decir, el domingo, sin la presencia del apóstol Tomás, y luego “a los ocho días”, nuevamente el domingo, ya con él dentro del grupo.

En ambas ocasiones el saludo de Jesús Resucitado es idéntico: “Paz a vosotros” (¡shalom!). Jesús da su Paz a aquellos hombres cuya paz y esperanza habían quedado truncadas con la muerte y sepultura del Señor. Jesús no solo no reprocha ni reprueba ni recrimina que le abandonasen, traicionasen y huyesen, sino que en este momento llena sus corazones de serenidad, calma y alegría. Ellos “se llenaron de alegría al ver al Señor”.

El encuentro de Jesús con los discípulos supone también una misión (“como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”) y la donación Espíritu (“recibid el Espíritu Santo”), que conlleva la tarea de continuar a lo largo de la historia una misión muy importante: perdonar los pecados (“a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”).

Un símbolo: El tapiz de Cristo Resucitado de la capilla del sagrario.

Una pregunta:¿Es firme mi fe en Cristo Resucitado o las polillas de la duda me corroen por dentro?

DOMINGO I de PASCUA

Un versículo:“Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”.

Un comentario postal: ¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Esta es la gran noticia que la Iglesia anuncia al mundo en este día: Domingo de Pascua de Resurrección. Tercer día del Triduo Pascual. Centro del año cristiano. Culminación del año litúrgico. Razón de ser de nuestra fe. Fuente inagotable de nuestra esperanza. Foco que ilumina y da sentido a la vida de Jesús y de la Iglesia. Certeza que disipa nuestras dudas. Explosión que rebosa de alegría nuestro corazón. Fuerza luminosa que ahuyenta la oscuridad. Fundamento firme de nuestra propia resurrección. Sin duda, un día hermoso para cantar: “Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

Nuestra mirada se orienta en la mañana de la resurrección a María Magdalena, a Pedro y a Juan, verdaderos modelos para los creyentes de todos los tiempos.

María Magdalena acude con prontitud al sepulcro, cuando todavía está oscuro, el primer día de la semana. Ella piensa encontrarse con el cadáver de Jesús. Y quedó sorprendida al ver la losa del sepulcro quitada. Jesús no solo no está muerto, sino que no está. Corriendo fue a comunicar a los apóstoles el robo del cuerpo de Jesús…“¿Qué habrá ocurrido?”, se preguntan los discípulos. Pedro corre, junto con Juan hacia el sepulcro, pero llega después de él, aunque entra primero. Ve las vendas “en el suelo” y el sudario “enrollado en un sitio aparte”, pero no concluyó nada. En cambio, Juan, el discípulo amado, “vió y creyó”. Comprende las señales con visión de fe. Las vendas y el sudario eran signos suficientes. No necesita más, porque le mueve el amor incondicional a Jesús. Y entonces comprenden el sentido de las Escrituras: que “había de resucitar de entre los muertos”.

Como los discípulos entonces, encontrémonos con el Resucitado, confesemos con entusiasmo y convencimiento nuestra fe en él, y anunciemos esta Buena Noticia a todos: ¡Jesús vive! ¡El crucificado ha resucitado!

El encuentro, la confesión y la misión son la clave para entender el misterio de la resurrección de Cristo, gracias a la cual, la última palabra no la tienen el sufrimiento, el dolor y la muerte, sino el mismo Jesús que las ha vencido, abriéndonos de par en par el camino que nos conduce a la Vida sin fin, a la Casa del Padre.

Un símbolo: Una imagen del Cirio Pascual.

Una pregunta:¿Confieso mi fe en Cristo Resucitado con mis palabras y con un testimonio de vida coherente?


DOMINGO V CUARESMA – A

Un versículo:“Jesús gritó con voz potente: -Lázaro, sal afuera”.

Un comentario postal: Jesús además de manifestarse como “Agua viva” (diálogo con la samaritana) y como “Luz” (milagro del ciego de nacimiento), ahora se presenta como la “Vida” que vence la muerte. El pasaje de la muerte y de la resurrección de Lázaro, leído al final de la cuaresma, es un preludio de la propia muerte y resurrección de Jesús, un signo de lo que nos sucederá a nosotros y, además, una profecía de lo que será en el futuro la resurrección de los muertos.

Lázaro, Marta y María eran tres hermanos muy amigos de Jesús. Su casa en Betania era muy frecuentada por Jesús, ya que cada vez que subía o bajaba de Galilea a Jerusalén, pasaba por allí. La enfermedad y muerte de su amigo Lázaro será la ocasión “para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”, y además nos muestra a un Jesús entrañable que se compadece y llora en varios momentos por la muerte de un amigo, aún sabiendo que la muerte es como un sueño del que es posible despertar.

El texto es extenso y profundo, y está lleno de matices, de gestos, de palabras, de ternura, de sentimientos…, que, sin duda, presentan con fuerza, energía y vitalidad a un Jesús que es Vida, y de este modo nos ofrece un mensaje de esperanza y optimismo. La clave la encontramos en estas palabras que dirige a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. ¿Creemos esto? Jesús no nos pide que lo comprendamos sino que confiemos en Él que es la vida, porque tiene la vida que el Padre le ha comunicado, y nos hace partícipes de su misma vida para siempre.

Al igual que Marta, expresemos con toda confianza nuestra fe en Jesús (“Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”), con una fe que da vida y que invita a la esperanza. Y al igual que Lázaro escuchemos la voz potente de Jesús, Señor de la Vida, que nos manda salir fuera de nuestras tumbas y sepulcros (“Lázaro, sal afuera”), donde solo hay oscuridad, podredumbre y muerte. ¿Cómo no va a querer Jesús sacarnos fuera de nuestros pecados, de todas esas zonas muertas del corazón, de todas esas necrosis apegadas a nuestra vida que entierran nuestro amor, esperanza y fe? Desprendámonos de todas esas vendas y sudarios que nos atan y esclavizan, y nos impiden caminar con alegría en el seguimiento de Jesús.

La Cuaresma es conversión del corazón a Dios, y Jesús nos regala el Agua, la Luz y la Vida para que la recibamos en nuestra vida y tomemos conciencia del gran don que Dios nos hace, como hijos suyos que somos, y que desea que no pasemos sed (domingo tercero), no vivamos en la oscuridad (domingo cuarto) y no permanezcamos en el sepulcro de la muerte (domingo quinto).

Un símbolo: Una escultura de mármol representando la muerte.

Una pregunta:¿Crees con todo tu corazón y con todo tu ser que Jesús es la resurrección y la vida?


DOMINGO IV CUARESMA – A

Un versículo:“- ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando ese es”.

Un comentario postal: Si el domingo anterior, en el diálogo con la samaritana, Jesús se presentaba como el “agua viva” que calma la sed de todo hombre que se acerca a él. En esta ocasión, en la piscina de Siloé, tiene lugar el milagro del ciego de nacimiento, de tal modo que Jesús se presenta como “luz” para todos, luz que ilumina nuestra vida. Resulta hermoso descubrir cómo Jesús se vale del “Agua” y de la “Luz”, realidades necesarias y fundamentales en la vida humana, como signo de lo que él es para nosotros.

El relato es largo e intenso en su desarrollo: se inicia con el encuentro de Jesús con el ciego y la breve narración de su curación (“Él fue, se lavó y volvió con vista”), a continuación, describe con precisión la controversia entre el ciego curado y los dirigentes judíos (“Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron”), que desemboca en un nuevo encuentro entre Jesús y el ciego curado que le manifiesta ahora su fe (“Él dijo: -Creo, Señor”), y finalmente Jesús sentencia condenando a aquellos que creían estar en la luz (“Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos”).

El ciego realiza un verdadero itinerario de fe: conoce a Jesús como un “hombre que le curó” (v.11), luego como “un profeta” (v.19), y llega hasta confesar a Jesús como Señor (“Creo, Señor”), adorándolo como tal (“y se postró ante él”). El ciego fue capaz de abrirse a la fe y reconocer a Jesús como Salvador.

Los fariseos son testigos de la maravillosa curación realizada por Jesús, pero ellos son incapaces de descubrir en él al Enviado de Dios, al Mesías esperado. Se mantienen obcecados ante la acción de Dios, cerrados en su mente e invulnerables en su corazón. Para ellos Jesús no pasa de ser considerado un hereje y un pecador. Y además todo aquel que simpatice con él se hace cómplice suyo, y tiene que ser expulsado de la sinagoga.

¿Quiénes son, en definitiva, los ciegos, aquellos que no ven con los ojos de la cara (ceguera física) o aquellos otros que no ven a Dios teniéndolo delante (ceguera espiritual)? ¿Dónde nos situamos nosotros? La fe es “caminar como hijos de la luz”, es ver la vida de otra manera, es luz para el alma. Al igual que Jesús fue una verdadera fuente de luz y de salvación para aquel hombre, es seguro que todo aquel que se encuentre con Jesús no caminará en tinieblas, porque Él es el único que puede iluminar nuestra vida (alma, proyectos, ilusiones, etc.) y curar nuestra ceguera interior con el colirio de su gracia y su misericordia.

Un símbolo: Unas gafas sobre una Biblia abierta.

Una pregunta:¿Manifiestas y expresas tu fe en el Señor?